Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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RECIBÍ la noticia en Madrid, en la habitación de un hotel, y rompí a llorar porque es uno de los pocos actos de decencia que aún nos quedan. Debí hacer, debí decirle me repetía, consciente de que hacía mucho que no hablábamos, perdidos en nuestras respectivas vicisitudes. Hace poco nos encontramos por la calle y le dije: «nada de darnos la mano, venga un abrazo» y en ese apretón quise transmitirle lo mucho que le quería y me importaba. Fue un Bogart del periodismo, un personaje de una película en blanco y negro, un hermano mayor. Debí hacer, debí decirle¿ me repetí una y otra vez en el viaje de regreso. Chencho era uno de los mejores columnistas de su generación, de la escuela de la bohemia y de la pasión por escribir, impregnado de la melancolía de quienes la vida les ha enseñado lecciones que hubieran querido no aprender; sin embargo, su inmenso corazón, oculto bajo una coraza de sorna, le impidió convertirse en un cínico, pues esa hubiera sido una derrota inadmisible en quien bautizó «Balcón del pueblo» su sección. En mis primeros años en Léon, fue mi ángel de la guarda, y siempre le he considerado un maestro, además de formar parte de mi olimpo de héroes privados, algo que también debí decirle pero nunca hice. El domingo leí su último artículo, ayer estaba rezando ante su féretro. Me hubiera gustado estar más tiempo con él, haberle abrazado con más frecuencia, pedirle consejo, recordar viejos tiempos, compartir proyectos. «Ser leonés y de Barça es más extraño que haber nacido en La Bañeza y apellidarse O'Hara», le reprochaba, y él reía. Adiós amigo, te llevaremos siempre en el corazón. Fuiste grande. Un gran periodista. Digno y noble. No un santo, pero quién lo es. Perdona mis silencios. Debí hacer, debí decirte¿

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