TRIBUNA

La gran fábrica molecular La razón truncada

Publicado por
Jaime GIL ALUJA Ángel Alonso Álvarez
León

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CUANDO Enrique López me lo contó no me lo creí, no quise creerlo, ¿cómo es posible que una simple llamada produzca el hecho irreversible de que el paisaje leonés ya no será el mismo del tantas veces admirado? Faltará uno de estos raros personajes capaces de dar a una ciudad el sello distintivo de la inteligencia al servicio de la razón y de las necesidades de su tierra. Juan F. Pérez García, «Chencho» sabía transmitir a través de su columna en el Diario de León, pero sobre todo en sus tertulias, en la sobremesa de sus cenas o en la barra de un bar del Barrio Húmedo las inquietudes que bullían en su mente privilegiada. Quienes hemos tenido el privilegio de recibir las enseñanzas de los grandes maestros de la economía, y entre las mejores las de este ilustre catalán residente en León, el profesor Fabián Estapé, sabemos que la ciencia económica se ha ido sosteniendo a lo largo de su historia en dos pilares fundamentales: el «mecanicismo» y la «reversibilidad temporal» que conducen irreversiblemente al determinismo. Después de tantos años de vida universitaria dedicada a trabajar por la libertad frente a la predestinación, nos sentimos incómodos ante tal línea de pensamiento. En una de las frecuentes y largas conversaciones, cuando la noche deja paso a las primeras luces de madrugada, «Chencho» consiguió dar fin a tanta controversia teórica pidiendo un huevo fresco: lo levantó y dejándolo caer se esparció evidentemente por el suelo. Nos dijo: «si existe reversibilidad recoge el huevo y dámelo». No le hacía falta a «Chencho» leer los trabajos sobre la flecha del tiempo que le valieron el Premio Nobel a Ilya Progogine para dar razón de los grandes problemas. Ni que decir tiene que terminamos brindando con aquel cava que tanto le gustaba y decía tenía nombre de rey godo. Poco a poco van aflorando, vestidos con triste ropaje, los muchos recuerdos hasta este funesto día escondidos en los oscuros rincones de nuestro cerebro. Recordamos la celebración en la «Glorieta de Guzmán el Bueno» de dos, digo bien dos, ligas conseguidas por el F.C. Barcelona en sendas ocasiones en que me encontraba en León. Recordamos mi primera cena con «Chencho», una fría noche de invierno en Hospital de Órbigo cuando después de una extraordinaria sopa de truchas se podía ver a un friolero profesor mediterráneo paseando por el campo sudando en mangas de camisa. Recordamos la entereza de «Chencho» ante la injusticia e incomprensión tan arraigados en la mediocridad de demasiados personajes, cuyo único adorno está compuesto de fuegos fatuos. Pero también recordamos las muchas ocasiones que nos fueron permitidas vivencias felices que en ocasiones nos venían dadas o que buscábamos con la ayuda impagable de nuestro común amigo el catedrático Enrique López. El «consultorio» de «Chencho» no se limitaba a un único espacio físico: le acompañaba allí donde él estaba. Sus consejos, sus advertencias, sus opiniones, las repartía con bondad y generosidad sin límites, pero también con la crudeza, valentía, realismo e incluso con la dureza que la situación requería. Recordamos... tantas cosas que no sería posible reflejarlas en estas poco hilvanadas palabras. Pero de «Chencho» recordamos mucho más que hechos o palabras. Recordamos su manera de ser; su alto sentido de la amistad; su pensamiento profundo, critico pero bondadoso; su ideal de sociedad; pero, sobre todo, el valor de sus ideas. Cuando llega al umbral de la vejez, cuando por la propia naturaleza de las cosas el crepúsculo de la vida va apareciendo cada vez con mayor nitidez, es normal platearse la pregunta primera de la escatología: la vida después de la vida. Y ante la dificultad de hallar «una» respuesta única, nos atrevemos a pensar que si lo más valioso del ser humano es el conjunto de sus ideas, es decir su pensamiento, quizás la inmortalidad se logrará si se perpetúan estas ideas. Recordemos a «Chencho», pero sobre todo transmitamos sus ideas para que, así, alcance la inmortalidad. Hasta luego, amigo «Chencho», hasta siempre amigo del alma. UNO de los mejores físicos del siglo XX, Feynman, dijo en el año 1959: «Los principios de la Física, tal y como yo lo veo, no impiden la posibilidad de manipular las cosas átomo a átomo». Pocos comprendieron entonces el alcance de aquellas palabras. Los alquimistas lo habían intuido siglos antes, pero nacieron antes de tiempo. Hoy comenzamos a disfrutar con lo que soñaron los alquimistas y que Feynman predijo con su gran formación científica. La Nanotecnología es ya una realidad apasionante y vertiginosa. Un nanómetro es una mil millonésima de un metro y equivale a las dimensiones de una molécula pequeña o al tamaño de varios átomos. La nanotecnología es la ingeniería a nivel atómico. En vez de utilizar tornillos y piezas, los componentes son los átomos y las moléculas que constituyen la materia. La revolución hace años que comenzó y sus consecuencias empiezan a ser visibles. Las nanopartículas, los nanotubos y nanomáquinas están modificando las técnicas de autoemsamblaje de fluidos, modificando las técnicas húmedo-seco (biotecnología más partículas inorgánicas y células artificiales). El C60, ese peculiar icosaedro, químicamente inerte, biológicamente compatible, un superconductor para misiones críticas, con funcionalidades espectaculares, y sus cuotas de misterio debido a sus propiedades electrónicas y magnéticas, hace tiempo que dejó de ser una especulación. Las células de combustible silenciosas son algo más que una esperanza. El uso del ADN (ácido dexosirribonucléico) para procesos de computación y almacenamiento de información es algo más que una hipótesis. Las computadoras cuánticas de estado sólido (material nanoestructurado) convoca a numerosos grupos de investigación. Los dendrímeros, moléculas poliméricas tridimensionales de diseño, de múltiples usos y características, que hasta hace bien poco formaban parte de la ciencia-ficción, como la posibilidad de autorreplicación de brazos robóticos sobre una superficie (crecimiento exponencial), son, ahora mismo, objetivos de la comunidad científica. La nanotecnología modificará nuestros hábitos de vida, el orden de prioridades de nuestras sociedades, y lo hará de manera silenciosa pero infatigable. Ya han pasado muchos años desde que Don Eigler demostró que se podía utilizar la punta de un microscopio de efecto túnel para deslizar átomos individuales a posiciones predeterminadas dentro de una superficie sólida. La emoción de los científicos cuando vieron aquellas espléndidas fotografías del «corral del quantum» un anillo circular de átomos, artificialmente congregados, fue, entonces, indescriptible. La lanzadera de Frasser Stodart, ya distante en el tiempo, la primera máquina molecular, constituye otro gran hito en el campo de la nanotecnología. «Hay mucho espacio aquí dentro», pronunció en Caltech, nada menos que en 1959, el ya citado premio Nobel Richard Feynman, hablando de nanotecnología molecular. Hace tiempo que entramos en el campo de las nanopartículas y estamos ya, en estos instantes, en la etapa de manufactura molecular, la nanoproducción y la nanobiónica que requiere, justo es advertirlo, una gran convergencia de saberes y habilidades. Hace tiempo que sabemos que existe una estrecha relación entre la ordenación de los átomos y las propiedades de un material. Lo que es válido para la materia orgánica e inorgánica. Lo esencial de la nanotecnología, su secreto, es la capacidad para generar una gran variedad de estructuras atómicas con una regularidad geométrica que tiende a la perfección, sin impurezas. La variedad, la regularidad y la ausencia de impurezas son las que confieren a los materiales resultantes unas propiedades hasta bien poco inalcanzables. Según un informe de la OCDE para el año 2015 el 15% de los productos que se manufacturen incorporarán nanotecnología. Ya se comercializan nanopartículas con capacidad para destruir de forma selectiva tumores. Estas partículas actúan como portadoras de otras sustancias químicas que sólo atacan el tumor evitando que se dañen los tejidos sanos del enfermo. Una revolución tecnológica está en marcha. La gran fábrica molecular está en marcha. Las estructuras y las personas comprometidas con la transmisión de saber, es mi caso, tenemos un portentoso desafío que sólo superaremos si somos capaces de sobreponernos a la rigidez característica del sistema público de educación y si ponemos el énfasis en el mundo presente y futuro. ¿Llegaremos a dominar en su totalidad la organización atómica de la materia? No se trata de eso, se trata, es el caso, de comprenderla e interpretarla para provecho general. El avance espectacular de la ciencia y la tecnología no ha hecho más que empezar. Por debajo del átomo quedan muchas cosas, algunas medio conocidas, como las ondas electromagnéticas, tan pequeñas que todavía no sabemos cuánto miden. Y probablemente queden otras, aún desconocidas.

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