LA ASPILLERA
Hambre cargada de dinamita
LOS GANADEROS leoneses tiran miles de litros de leche a la calle porque, a este precio, les da igual producirla que tirarla. Famélicos piratas secuestran a pescadores españoles en las costas de Somalia. Más de 850 millones de personas padecen hoy hambre o grave desnutrición en todo el mundo. Casi 3.000 millones de seres humanos presentan carencias nutricionales severas... La aldea global está cargada de dinamita. Y nosotros, como bobos, reyes del sofá, inoculándonos a mazo la hipercutrez de Chiquilikuatre mientras el mando nervioso de la tele te trae cuando menos te esperas, el rostro de la miseria en forma de niño asombrado comido por las moscas. Y cambias de canal y unos periodistas honrados, quedan algunos, te cuentan con lujo de detalles la trama multinacional, multicanalla y apestosa del tráfico de armas... esas mismas armas que se comprarán con el dinero de los contribuyentes españoles tras el pago del rescate; ¿acaso cree alguien que ese dinero va a saciar algún hambre en un continente en el que un Kalasnikov vale mucho más que un niño? Lo dicho, la aldea global se ha ido cargando de dinamita a medida que se creaban dos mundos: uno opulento, que asume sin despeinarse, -el mercado es el mercado y tiene sus leyes- que se arroje la leche a la calle, y otro que está desprovisto de los recursos más elementales. El secretario general de la ONU, Ban-Ki-moon, se puso serio el otro día y habló en voz alta aunque no es seguro que los mandatarios de las potencias del primer mundo (quizá también el primero en caer al precipicio) se hayan quitado los tapones. Advirtió en tono apocalíptico que la subida brutal del precio de los alimentos de primera necesida d (arroz, trigo, maíz, frutas...) supone «un desafío sin precedentes» para el Planeta. El Programa Mundial de Alimentos, del que en estos momentos dependen 75 millones de personas, está bajo mínimos. Ban-Ki-moon no se fue por las ramas: o se consigue reunir con urgencia 1.600 millones de euros para frenar esta dinámica o el hambre aumentará hasta niveles incontrolables generando disturbios sociales de gran envergadura en los países directamente afectados. Estos son algunos de los factores que están en el origen de una situación inquietante: una menor producción debida a los efectos del cambio climático, reservas de alimentos con niveles históricamentee bajos, mayor consumo de carne y productos lácteos en países emergentes -donde le están cogiendo gusto a las proteínas y a comer dos o tres veces al día-, y creciente demanda para la producción de biocombustibles; una alternativa que tantas expectativas ha levantado aquí pero que también tiene cada día más detractores cuando este asunto se contempla de manera global: millones de hectáreas cultivables ya no producen alimentos ni necesitan agricultores. El debate sobre la sostenibilidad de los biocarburantes (cuya producción tiene un elevado coste ambiental y social) se ha abierto ya en países como Alemania hasta hace podo fervorosos defensores de la «gasolina verde». En resumen, está claro que la justicia social no cotiza en bolsa pero el mundo opulento no pude ser tan ciego como para no ver dónde nos estamos metiendo.