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JOSÉ A. BALBOA DE PAZ
León

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FUSTEL DE COULANGES, historiador francés del siglo XIX, escribió en La ciudad antigua que el sinecismo -proceso de integración políticosocial vivido en la Grecia clásica, desde las pequeñas unidades de tipo gentilicio a la más amplias polis- se realizó siempre asumiendo creencias religiosas comunes y superiores, ampliamente aceptadas por todos. La religión no fue entonces, como tampoco lo sería después, sólo una creencia en realidades trascendentes y sobrehumanas, una religación con Dios o con los dioses, sino una ligazón entre los hombres, pues creó lazos de unión fuertes entre los pueblos, permitiendo así la génesis de unidades políticas cada vez más amplias, menos etnicistas y más políticas, es decir ampliando los derechos hacia un mayor número de personas. En el mundo cristiano, unido durante siglos por creencias comunes, la religiosidad popular -que es siempre pública-, tiene en determinadas devociones, especialmente la de la Virgen en sus distintas advocaciones, un papel evidente en la unión de las gentes y en la creación de sentimientos territoriales compartidos. No es necesario poner ejemplos de algo suficientemente conocido, alguno, como el de la Virgen del Rocío en Andalucía, celebrado por cierto este fin de semana con la asistencia de más de un millón de fieles. Algo semejante ocurre con la Virgen de la Encina para los bercianos. Hay elementos geográficos, históricos y culturales que, a lo largo de los siglos, han modelado la idiosincrasia de los bercianos, pero no cabe duda de que la devoción a la Encina ha sido un elemento clave en el sentimiento de pertenencia tan arraigado que tenemos los de aquella comarca, lo que no ha sido nunca obstáculo para considerarnos igualmente unidos a otras tierras y regiones. El patronazgo de la Encina se remonta a varios siglos atrás, pero fue su coronación canónica en 1908 la que la convirtió sin discusión en la patrona del Bierzo, sin menoscabo de otras advocaciones marianas arraigadas en otros lugares de la comarca. Ese patronazgo se vio refrendado públicamente con su peregrinación por todos los municipios del Bierzo en el año 1958. En esa fecha la Virgen salió por los ásperos caminos y las maltrechas carreteras de aquel Bierzo de la posguerra. Las fotos de la época dan fe de la acogida multitudinaria de los pueblos, con los balcones engalanados, las muestras de júbilo de las gentes: campesinos y mineros; hombres, mujeres y niños. Con mis pocos años de entonces, recuerdo bastante bien la llegada al mío, y a los niños que salíamos a recibirla. Cincuenta años después, la Virgen se ha puesto nuevamente en camino. Lo ha hecho el viernes a Astorga, capital de la diócesis, desde allí lo hará por el Bierzo. Muchas cosas han cambiado en este último medio siglo, para bien y para mal, en lo material y en lo espiritual. La peregrinación, como manifestación de una religiosidad pública, es un reto para los católicos, a los que, desde ciertos ámbitos, se pretende recluir en una religiosidad privada, de catacumbas, imposible. El gobierno, porque los datos económicos son cada día más preocupantes y necesita un chivo expiatorio, anuncia estos días que va a revisar la Ley Orgánica de Libertad Religiosa. Con ella pretende intimidar a la Iglesia, doblegarla. Lo que está por ver, yo no lo creo, es si puede existir una nación sin creencias religiosas comunes y compartidas. La libertad religiosa, necesaria en un Estado laico, no puede significar el ninguneo de las creencias mayoritarias de los españoles. No aprenden de sus errores.

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