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Mª DOLORES ROJO LÓPEZ
León

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QUIEN CREA que cometer errores equivale a fracasar, olvida que las equivocaciones forman parte fundamental de todo aprendizaje. Todos tenemos, de una forma u otra, signaturas pendientes con el pasado y está bien que así sea porque ello nos ofrece la oportunidad de reparar actitudes, sentimientos y voluntades con la intención puesta en el presente inmediato o en el futuro próximo. Culpabilizamos a nuestras acciones de tiempo atrás de las condiciones en las que ahora vivimos, sin caer en la cuenta de que equivocarse no es sino una oportunidad para aprender. De hecho, lo que somos es producto tanto de lo que hicimos como de lo que dejamos de hacer, y ello nos afecta en todos los ámbitos, en lo académico, lo profesional, lo doméstico y como no, en lo emocional. Añorar con dolor y sentimiento de fracaso el no haber cursado determinados estudios, no haber aclarado aquel malentendido por el que perdimos a una persona querida, no habernos despedido o haber manifestado nuestro amor a esa persona que amábamos y se nos fue, culpabilizarnos de la falta de decisión o bien de la decisión tomada sobre algún asunto importante por las consecuencias que ha tenido más tarde en nuestra vida, no es más que otra forma de mantener asignaturas pendientes como un pesado lastre que arrastramos junto a nosotros. Y es que a nuestra edad aún cargamos con los suspensos que nosotros mismos nos hemos adjudicado o con aquellos que la vida nos ha puesto. Lo peor, en esta cuestión, es lo permisivos que somos cuando nos juzgamos y lo injustos y parciales que nos mostramos con las generaciones que nos preceden, cuando suspenden. Ellos tienen sus propios suspensos pero no mayores que los nuestros, ni más importantes y decisivos, ni más condenatorios ni definitivos. Suspender equivale a dejar pendiente y nos enfrenta a una acción inacabada que precisa ser concluida. Por tanto nos ofrece también la oportunidad de entregarnos de nuevo a la tarea de abordar una nueva oportunidad. Y nos enseña que la vida está llena de nuevas circunstancias capaces de colaborar a nuestro favor y no al contrario. Quizá la mayor equivocación acerca de los fracasos sea el hecho de que cada uno va por el mundo creyendo ser el único que los padece y nos instalamos detrás del peor escudo que podemos elegir: el miedo, no porque no debamos sentirlo, sino por no saber conquistarlo. El dolor siempre manifiesta que algo va mal pero gracias a su presencia podemos tratar de resolver el desajuste que se evidencia con él. Lo mismo sucede cuando aparece un suspenso en nuestra vida. Incluso diría que no es sano no haber suspendido nunca porque esto significa no haber tenido oportunidad de aprender un nuevo camino, de levantarnos después de caer, de poner en juego nuevas capacidades que nos hagan superarlo y sobre todo de entender que el ser humano no es infalible y que en la medida en que falla se demuestra a sí mismo su grandeza para enfrentar sus debilidades. La vida es una carrera de fondo y no podemos juzgarla por una etapa. Posiblemente, los suspensos de muchos estudiantes tengan un sinfín de causas, muchas veces no sólo ligadas a ellos mismos. Los grandes responsables del éxito de quienes estudian, el sistema educativo, los profesores, los padres, la sociedad misma¿ abandonan su culpabilidad en el cómodo descanso de pensar que su hijo o su alumno es un caso sin solución. Pero pocas personas responden a ese perfil. Si nosotros tuviésemos que juzgarnos de este modo por los fracasos que llevamos acumulados en nuestra vida, no podríamos levantar cabeza. Y sin embargo seguimos pensando que ésta sale a nuestro encuentro y que podemos continuar en ella con esperanza. Lo peor de fracasar es anestesiarnos contra las caídas. Si llegan a no producir dolor no habrá ningún indicador que alerte a nuestra voluntad de los necesarios deseos de superación que deben estar presentes cuando uno pierde. Convertir esa oportunidad para intentarlo de nuevo en una rutina vacía de estímulo es lo que constituye el verdadero peligro. Posiblemente, detrás de esta actitud, frecuente en los estudiantes que suspenden con asiduidad, está la consideración de la familia, profesores y asesores pedagógicos sobre la eficacia que debería tener el suspenso. Presentarlo como un agujero negro no contribuye a tomar impulso para saltar sobre él. Nada en la realidad es como parece suceder, cada acto, cada decisión o cada juicio solo cobra sentido operativo cuando lo representamos en nuestro interior. De esa adjudicación de valores y significados es de dónde nace el monstruo que nos devora, en este caso. Suspender puede ser una excelente oportunidad para madurar si los que debemos juzgar al alumno por sus exámenes sabemos presentarlo de este modo. A nadie nos gustan las derrotas, ni aún cuando no hayamos puesto el suficiente empeño en no caer en ellas. Pero todos reaccionamos positivamente si la motivación va más allá de la mecánica de apartar a los que han repetido cada tema con eficacia de los que no han llegado ni a eso siquiera. El verdadero sentido de un suspenso está en su capacidad para demostrar al alumno que algo no va bien en su vida, cuyo sentido en ese momento es o debe ser saber compaginar su dedicación al estudio con su vida social, sus aficiones o sus amoríos adolescentes. Algo falla cuando la balanza no está equilibrada. Y desde esa revisión, que alguien debe ayudar a realizar al estudiante, podemos conseguir que el suspenso tenga unas consecuencias fructíferas. Porque es la propia vida la que importa al final y no las notas. Si mejora ésta no hay duda que ellas también lo harán. Nada recuerdo mejor, a lo largo de mi vida académica, que mi primer suspenso. Por aquel entonces tuve la suerte de enfrentarme a él a través de las palabras de un profesor cuya reflexión fue de este signo. No me habló de los contenidos del examen, sino del orden y concierto que no se reflejaban en él; de mi vida, de su adecuación en aquel momento al estudio y del sentido de mis días. Posiblemente lo hizo con un método poco ortodoxo, y menos aún pedagógicamente correcto, por hacerlo delante de todos mis compañeros, pero con una eficacia extraordinaria para que no se volviese a repetir. Nada agradezco más que este suspenso que me puso frente a mi propia forma de actuar y sobre todo, la presencia de aquella voz que supo decirme lo justo en el momento exacto. De otra forma, hubiese sido una derrota más que tal vez hubiese encadenado fracaso tras fracaso sin remedio.

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