Diario de León

CON VIENTO FRESCO

Otra lengua perseguida

Publicado por
JOSÉ A. BALBOA DE PAZ
León

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QUE EL FRANQUISMO fue un régimen perverso es el veredicto impuesto al común de los españoles por los perdedores de la Guerra Civil, y que los franquistas parecen aceptar sin discusión y con las orejas gachas. Todo lo malo que hubo en España, y que aún hay, se relaciona con aquel régimen, especialmente lo que atañe a la persecución de las lenguas vernáculas. El uso del castellano ¡qué cosas hay que oír! fue una imposición cruel a la que el general Franco nos obligó a los españoles, que hasta entonces hablábamos, quizá como consecuencia del pecado de Babel, un conjunto de lenguas propias, que hacía que ni dios se entendiera en esta tierra. Lo último que he leído la pasada semana, en boca de una pregonera en Villablino, es que el patsuezu «en la época de Franco estuvo muy prohibido». El prestigio en esta época parece estar relacionado sólo con la persecución y represión franquista. ¡Vaya por Dios! La obsesión de Franco, gallego al que debieron obligar de niño a hablar en castellano, fue odiar los idiomas vernáculos de España y perseguir implacablemente los dialectos regionales, como el susodicho de Laciana, porque el dictador no tenía otra cosa mejor que hacer. Sin embargo, esa prohibición del leonés se compadece mal con las publicaciones que, durante el franquismo, se hicieron en nuestra provincia. Por ejemplo, que yo recuerde, en el año 1948 Concha Casado publica El habla de la Cabrera Alta , en 1949 Álvarez Guzmán hace lo mismo con El habla de Babia y Laciana , en 1950 César Morán edita el Vocabulario del concejo de La Lomba, en las Montañas de León y, por no seguir, en 1957 Álvaro Galmés escribe sus T rabajos sobre el dominio románico-leonés . Se trata de textos sobre el leonés; en 1955 César Bardón publica el conocido libro Cuentos en dialecto leonés , que está redactado en dicho dialecto. ¿Dónde está la prohibición? El franquismo no prohibió el uso privado de las lenguas vernáculas, porque es un intento vano. Lo que pretendió fue obligar a todos los españoles a que, en público y en asuntos oficiales, todos los españoles hablaran español. En eso no hacía nada diferente de lo que ya había pretendido la 2ª República. La Constitución de 1931 en su artículo 4º disponía que «El castellano es el idioma oficial de la República. Todo español tiene obligación de saberlo y derecho de usarlo». Y al contrario que nuestra actual Constitución, que establece «que las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas», con lo que han creado un problema cada vez más grave, como estamos viendo, la de 1931 ordenaba «que a nadie se le podrá exigir el conocimiento ni el uso de ninguna lengua regional». El uso de una lengua común venía de muy atrás. No fue consecuencia de ninguna imposición sino de una realidad lingüística y política: el prestigio del castellano y de Castilla. Pero, pese a eso, el imperio español usó muchas lenguas. Los misioneros, véase a fray Bernardino de Sahagún, predicaban en las de los indígenas con normalidad. Ni siquiera, como a veces se ha dicho, los Borbones fueron capaces de imponer una lengua única. Los ilustrados y los liberales, que intentaron alfabetizar a los españoles, no lo lograron, pues en 1900 había aún más de un 50% de analfabetos. Desde entonces, el Estado procuró difundir el español cada vez más a través de la escuela; lo hicieron la República y el Franquismo con bastante éxito, aunque no completamente, pues la realidad actual es que los restantes idiomas y dialectos de la península gozan de buena salud.

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