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JAVIER TOMÉ
León

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EN ESTOS MOMENTOS de bulas, chismorreos y rumores desencadenados por la política de barra libre puesta en marcha por una comandita de altos cargos junteros, debo confesar mi admiración por Al Capone y los métodos mafiosos con los que mantuvo bajo su cetro a la Chicago de los años veinte. El gran Capone solía acudir a las reuniones de negocios armado con un pistolón, que ponía sobre la mesa a la vista de todo el mundo. La filosofía era que cualquier interlocutor entendía mejor sus razones empresariales con la pipa delante, lo que inevitablemente traía consigo un desplome de la moral por parte de su acongojado adversario. Sin afán de echar sal en la herida, la sensación común es que vivimos en una suerte de mini-Chicago, manejado a su antojo por una partida de mandamases dedicados a forrarse al sol que más calienta. El deber, decía Oscar Wilde, es lo que esperamos que hagan los demás, así que todo el mundo aguarda el desenlace de semejante chapuceo. La sacrosanta catedral de la economía de mercado asegura que lo más importante en la vida es tener preparado un plan B, traducido a la sazón en el ramillete de empresas gestionadas de boquilla por tías, primos, hermanos y demás familia, llegando en casos extremos a nombrar presidenta del Consejo de Administración a la propia abuela Gemima. Siempre existen mayordomos infieles, justifican los responsables de la Junta a modo de explicación, pero lo cierto es que el truco del almendruco ha sentado como un tiro al personal. El otro día escuché a un parroquiano, recostado en la barra de un bar, pedir «un lasarte». «¿Qué es eso?, respondió el tasquero». «Pues un lasarte¿, lleno hasta el borde y sin hartarte». Sabia parábola, digna de figurar entre las más escogidas reflexiones bíblicas de San Lucas.

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