Diario de León
Publicado por
CARLOS ANTONIO BOUZA POL
León

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LA BONDAD divina obró en dos especies de seres distintos, los animales, privados de razón y de libertad, y el hombre. Los primeros tienen su destino limitado al tiempo que existan en la tierra, y el número y la calidad de sus placeres exceden con mucho al de sus males, males y padecimientos mucho menores de lo que a simple vista pudiera parecer, y más llevaderos, sin duda, que los que tiene que soportar la naturaleza humana. La lagartija, por ejemplo, cuando se le corta la cola apenas se entera, y además, en pocos días le crece otra; o la araña, que aunque fuera atravesada de parte a parte por una aguja, no sólo soportaría perfectamente el dolor sino que, al mismo tiempo, sería capaz de disfrutar del enorme placer de chupar la sangre de la mosca que acabara de caer en su red. Los mayores sufrimientos que tienen que soportar los animales se los inflingen los hombres. Sin embargo, esos momentos de dolor suelen estar compensados abundantemente con los inmensos placeres que gozan en casi toda la duración de su vida. Sin tener nostalgia ni dolor por el pasado; sin miedo ni preocupación por el porvenir; sin pena ni compasión por sus congéneres, son muy afortunados gozando con el presente y no se complican la vida más allá de lo estrictamente necesario: los animales, por naturaleza, carecen de maldad y nunca son víctimas del vicio. Por contra, al hombre, al llamado rey de la creación, no parece que le vayan las cosas tan bien, y que su destino temporal le reserve menos disgustos, penas, y sinsabores. La angustia que causa la idea de la muerte, la certeza de que ésta se producirá inevitablemente, sin que podamos dominar las circunstancias de la misma, ni las consecuencias que caerán sobre nuestros seres queridos, hacen que nuestro sufrimiento sea muy superior al de cualquier otra especie. Además, tenemos que padecer y soportar la práctica de la razón y la libertad que, con demasiada frecuencia, más que una ayuda son un estorbo y la causa principal de nuestros sufrimientos físicos y morales cerca de la pasión, la necesidad, el vicio y todas sus tristes variantes y secuelas. Entonces, si esto es así, ¿por qué nos consideramos seres superiores y reyes de la creación (o de la evolución)? Si nos reconocemos y nos autocomplacemos en ser seres libres e inteligentes, con razón tenemos que asegurar que estamos llamados a un destino trascendental y glorioso que, de alguna manera, nos recompense por todo lo que aquí sufrimos, incluso siendo felices, dentro de esta felicidad tan imperfecta, tan limitada, tan insatisfecha. Si hacemos y buscamos el bien, si evitamos el mal, no nos basta con el «premio» de nuestra satisfacción interior, ni con las muestras de afecto, ni con el reconocimiento de nuestros méritos, ni con el aplauso a nuestras grandezas : queremos un premio mayor, que nos llene más y para siempre. Queremos ser premiados de verdad, porque nos lo merecemos, porque lo anhelamos, porque sospechamos con el cerebro y con el corazón que tiene que haber mucho más que la perspectiva final del sepulcro y de los gusanos, que no es precisamente un premio para el que quiere trascender y usa su libertad con bondad, con caridad, con amor para sus hermanos. Si la libertad, y la razón, y la verdad existen y sirven para algo bueno, entonces hay que reconocer que el destino del hombre virtuoso no puede completarse aquí. Tiene que haber una vida ulterior, un fin (que no final) que nos colme, que no frustre nuestros anhelos, nuestras esperanzas. Si aceptamos esto, encontraremos explicación y justicia para nuestros males presentes. Sólo así, con la esperanza de una mejor vida, los males que padecemos pueden parecernos aceptables en la medida en que no son otra cosa que una preparación para gozar de la felicidad eterna. Si la animalidad no tiene conciencia del pasado, ni le preocupa su destino final, ¿cómo puede ser principio y eslabón de esa cadena evolutiva que, sin roturas, ha llegado hasta aquí y nos trascenderá? Y esta cadena ¿evoluciona para mejor, perfeccionándose, o empeora? Porque, si fuéramos los hombres actuales un simple estado temporal y pasajero de la evolución, un simple (o complicado) producto que hunde sus raíces en millones de años atrás, como frutos maduros y tardíos de la casualidad de la vida, ¿por qué sufrimos más y somos más desgraciados que los animales que nos rodean y nos preceden? La respuesta, para los creyentes, es clara: este valle de lágrimas no tendría objeto si no fuera el camino para la perfección. Cada obstáculo, cada dolor, cada pena que soportamos nos conduce a la idea de la vida eterna, a la idea de Dios. Somos una fuerza sensible y racional, materia y espíritu unidos en constante búsqueda de la armonía. El hombre es el único ser capaz de querer, el único capaz de explorar los misterios de su propia naturaleza y la consecuencia de sus actos. A cada paso se pregunta, ¿qué es, a dónde va, qué hace? ¿por qué se ha muerto Toñín, por qué me envidian, por qué me calumnian? Todas las filosofías y las religiones han tratado de dar una respuesta. Sólo el cristianismo ha llegado al conocimiento de la Verdad, y esta no es otra que la idea y la experiencia inexcusable de Dios. De un Dios bueno en esencia, que deja hacer a la naturaleza, pero que se reserva para Él la última palabra. Quienes apuestan por Dios soportan con resignación cristiana los ataques de algunos ateos, agnósticos y materialistas de salón cuando quieren darles lecciones magistrales de ética, moral y decencia. También hay socialistas y comunistas que dicen ser católicos, van a misa, cantan en el coro, suben al púlpito a leer los evangelios y, sin embargo, con sus votos en las urnas y con su cobardía en la vida diaria, permiten el aborto libre y asimilan, sin dolor de corazón, los nuevos dogmas materialistas-conservadores disfrazados de progresismo. Los sansimonianos, los seguidores de Enfantín (inmaduro), también celebraban sus «oficios divinos», cada domingo, pero con la prosperidad vinieron las supersticiones. Después, el socialismo y el comunismo, pretendieron llevar al extremo un principio de igualdad ya por sí contrario a la naturaleza (como toda exageración), pero se justificó con una falsa y aparente justicia distributiva que deslumbraba a los ignorantes incautos y a los genios limitados cuya adicción creció por la inercia revolucionaria y la fuerza imparable de los hechos consumados que no admitían disidencias. Esta gran crisis económica es la consecuencia de haber errado totalmente el modelo de crecimiento, y es también el fiel reflejo de la pérdida de valores y de la bajeza moral del conjunto de España. Pero, no me hagan mucho caso, porque ya se sabe que filosofar tiene connotaciones peyorativas, y más en verano, con la sequía que hay. De verdad.

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