AL TRASLUZ
Belleza que cura
FUE anunciado ayer a bombo y platillo. La programación del Museo del Prado comenzará con una extraordinaria exposición sobre Rembrandt. Van Gogh afirmó que habría dado diez años de su vida a cambio de quedarse a solas, durante dos semanas, delante de La novia judía . Ambos forman parte de mi paraíso personal, entre otros muchos nombres, que dialogan entre sí más allá de las cronologías posibles. Una exposición de Rembrandt bien se merece aparecer por ese caos que es Madrid, ciudad de mis orígenes, sin la que puedo estar, pues uno es de allí donde encontró el amor, y todo lo demás es mera geografía. A principios de los noventa, del pasado siglo, ¡caramba, cómo suena!, publiqué en este periódico una serie titulada «Doce cuadros sin piedad», con excelente diseño de Susana Vergara. Incluí un hermoso autorretrato de Rembrandt, de los muchos que hizo, aunque hoy mi preferido es aquel donde con una mueca sarcástica, ya viejo, parece decirnos aquellas palabras de Truman Capote: «Es la clase de foto que se envía a un antiguo amante diciendo¿ Hiciste bien en marcharte, si no, mira con qué habrías acabado». Es uno de esos pintores a los que se puede amar. No se me ocurre mayor logro ético y estético, en un mundo donde raros son las creaciones artísticas a las que te puedas agarrar en medio del intenso oleaje. Pertenece a la jerarquía de Bach, Velázquez o Mozart. Están siempre ahí, como viejos amigos invisibles. Dentro de la tradición cristiana, durante muchos siglos se creyó que la contemplación de cuadros bellos aliviaba enfermedades del espíritu; no se trataba de una superstición, pues la obra de Rembrandt puede hacerlo. Como norma, cualquier tiempo pasado no fue necesariamente mejor. Pero, al menos, diferenciemos el buen vino del mero calimocho.