LA GLOBALIZACIÓN e interdependencia de las tipologías delictivas es un hecho incuestionable en nuestras sociedades. Los modus operandi inéditos ya no conocen límites. Estos acontecimientos constituyen en ocasiones un agresivo peaje de incierta evolución para aquellos países que, como España, gozan de sistemas jurídicos garantistas. Por otro lado, las tecnologías emergentes favorecen la exportación y el advenimiento de la delincuencia transnacional y viceversa. Acaso el narcotráfico sea una de las manifestaciones criminales organizadas más conocidas y peligrosas por el deterioro de la salud pública, las mafias que genera y la corrupción que desprende como una bomba de racimo. Es evidente, pues, que la «aldea global» ofrece a la humanidad oportunidades inexploradas y beneficiosas. Pero por desgracia también permite que muchas actividades se conviertan en problemas sin fronteras. Entre ellas se encuentra el consumo de drogas que lleva la desdicha a millones de hombres y mujeres en el planeta, y el narcotráfico, que promueve y explota esa fatalidad en su provecho. Del narcotráfico se podría decir que es el comercio clandestino de todo tipo de drogas prohibidas por la legislación, que suelen ser manejadas tradicionalmente por clanes, mafias o cárteles. Este «negocio», que abarca la producción, distribución y venta, es en la actualidad una de las principales fuentes generadoras de dinero «negro», junto a la «trata de blancas» y el tráfico de armas y personas. Cerca de 200 millones de individuos en todo el mundo hacen uso de estas dañinas sustancias, lo que provoca un incremento desmesurado del gasto sanitario y de seguridad ciudadana, además de suponer la desintegración de los núcleos familiares y la decadencia de las comunidades. Las motivaciones más comunes por las que se comienza a consumir drogas son tan diversas como los tipos de gentes que recurren a ellas. No obstante, conceptos como la transgresión juvenil, la curiosidad hacia lo desconocido, la ignorancia, la presión de grupo, la marginación social, la alineación o las estructuras sociales cambiantes son las más documentadas, tal como se viene exponiendo en los seminarios impartidos por la UFP de León sobre prevención de drogodependencias en los entornos escolares. Los estudios realizados sobre el problema de la demanda de drogas nos acercan a una doble interpretación. Un tipo de análisis considera que el origen del problema está en el país importador, pues sin el binomio demanda-lucro no existiría la necesidad de que otro país produjera y exportara drogas ilícitas. Un segundo análisis nos aproximaría al planteamiento de que la demanda es un hecho palmario y que, por tanto, son los países productores quienes tienen la obligación (como miembros de la comunidad de naciones y signatarios de convenios internacionales de narcóticos) de combatir in situ su comercio. En todo caso, el impacto social del tráfico ilícito de drogas se refleja en un aumento de la violencia en el interior de los territorios, que afecta a personas, patrimonios e instituciones. Los cárteles y mafias de la droga llegan a socavar gobiernos e introducir la corrupción en actividades económicas legales. Con los ingresos procedentes del narcotráfico y su blanqueo de capitales, se financian movimientos de todo tipo, incluidos conflictos armados sangrientos. Como queda dicho, el tráfico de drogas constituye, además de un problema de seguridad, un peligro social cuya solución ha de pasar necesariamente por la más amplia participación de la ciudadanía y los organismos públicos y privados. Para responder con eficiencia al tráfico internacional de drogas hay que desarrollar la capacidad de los Estados para prevenir el narcotráfico con medidas multidisciplinares, incluido un marco policial, penal y de cooperación eficaz. La delincuencia sin fronteras no puede ser combatida eficazmente por cuerpos de seguridad cuyo ámbito competencial permanece férreamente anclado a la delimitación territorial dentro de los límites nacionales. Es necesario, por tanto, desactivar el narcotráfico sumando el impulso hondo, prolongado y coordinado de la comunidad internacional, conforme a las directrices marcadas por la Comisión de Estupefacientes de la ONU. En particular, la eliminación de cultivos en países empobrecidos mediante el esfuerzo solidario de promoción del desarrollo alternativo con programas de fomento de la lucha contra la corrupción en origen; el impulso de políticas sociales en regiones deprimidas, con planes orientados a los más necesitados, que favorezcan el desarrollo de la población que subsiste con la producción de drogas como único medio de vida; y por último la actuación en destino sobre la educación, especialmente en los jóvenes con perfil de potenciales consumidores, acentuando la prevención y los aspectos formativos contra el uso y abuso de drogas. Sin duda, una de las respuestas factibles al tráfico de drogas y sus efectos, ya sea doméstico o transnacional, está en la planificación. Pero ya lo dijo el pensador: si fallas al planear, en realidad estás planeando fallar, aunque no lo pretendas.

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