CRÉMER CONTRA CRÉMER
La vacuna
Y JUNTAMENTE con mil dieciséis llamados para su debida vacunación acudí a la cita, en el inmenso campo de concentración del Servicio de Sanidad. El tiempo, hasta que nos fue permitido pasar en la consulta, la pasamos comentando como es lógico el proceso de la crisis y no faltó ingenuo que se permitió una pregunta de choque: «¿Y aquí no curan la enfermedad nacional del acoso?» Y hasta los menos preparados en la materia se apresuraron a informarnos no ya de la influencia de la cepa correspondiente al ciclo de este año, sino que incluso aconsejaron cual debe ser el género de vida que debemos abordar si queremos llegar al final del ejercicio sin doblar. Porque según el clínico que más sabe de esta epidemia que nos obliga a vacunarnos todos los años, la amenaza que comporta la gripe actual viene cargada de peligros y no conviene desafiar o mayores quebrantos que ya acumulamos. Y corrimos a que la enfermera me aplicara el remedio para eludir la gripe. Las gentes a las cuales competía la mayor atención, como los niños y los ancianitos, acudimos a la cita y así que nos fue aplicado el remedio sentimos una cierta forma de liberación, como si se nos hubiera despojado de una carga dolorosa y alarmante de la cual se derivan males múltiples. La vacuna influía en todos nosotros de manera tan generosa que elevamos el medio la máxima categoría y eficacia. Pasaban y pasaban gentes, sobre todo ya pasados los límites cronológicos que nos permiten liberalizar movimientos y libertades y con harto sentimiento de nuestras defensas añadimos a nuestras dudas y cuidados el sistema de la vacuna, aplicada una vez al año cuando menos. Pese a todos los cuidados oficiales y la organización establecida para que nadie saliera mal de la prueba, la muchedumbre temerosa acudía a la ceremonia de la vacuna nuestra de cada ejercicio confiada en el beneficio que sin duda había de reportarnos. Los mecanismos puestos en marcha por la S.S. producían el efecto deseado y perseguido: Acudimos a la curandería alegres y confiados, repetimos, porque se aplica en nosotros enfermos consuetudinarios el posible remedio con la frecuencia que la medicina demanda, sin plazos de espera ni remedios de tanteo. Ahora, con la vacuna, aún sin tener la seguridad que se persigue en la eficacia obligada, obtenemos la esperanza de que no es en vano la movilización de los enfermos, sino contrariamente a lo acostumbrado por los enfermos lógicamente impacientes surgen batas blancas de donde no era habitual que aparecieran convirtiéndose los médicos y sus ayudantes en miembros de la providencia. Aprovecho esta oportunidad de la imposición de la vacuna para felicitar a los unos y a las otras y forzando generosamente el tratamiento en todas las ocasiones posibles, evitando así los tremendos plazos que no se cumplen y esperando una vez más el milagro que es siempre la medicina... ¡A ver si hay suerte! Y ¡ay de nosotros! a ver si se inventa la vacuna contra la crisis galopante que nos abruma...