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León

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ESTO ES COMO el milagro de los panes y los peces: Los niños se curan de sus dolencias mediante el contacto con los caballos del milagro.

Me lo contaba la madre de aquella niña tontina la pobre que tenía la mirada como perdida en sus lejanías. Acudió a la terapia de grupo en unión de otros niños extraviados y oiga, señor, no es que se produjera una curación súbita y total, porque la niña siguió como ensimismada en sí misma, que de ahí viene el nombre de la enfermedad y no valía que se le aplicaran los medios terapéuticos previstos e impuestos por la ciencia y la costumbre, la mi niña decía la dolorida y conmovida madre de la enfermita, seguía con la mirada perdida.

Así un día y otro día, un mes y otro mes, hasta cumplir años de perdidos y escondidos llantos.

Y va y le dice una vecina que se le tenía de animadora milagrera: «¿Por qué no la llevas a los caballos de Carriegos?» Y fue otro día y cogió a su niña, la vistió con sus mejores y más brillantes ropitas de andar por el mundo y la acercó al escenario lujurioso de verdor y de largos y espléndidos silencios, donde los caballos pastaban y algunos trotaban con niños sobre sus lomos.

Era a lo que parecía la llamada terapia ecuestre, o sea la cura mediante el contacto con los caballos milagreros. Y comprobó que al cabo de unos cuantos días de tratamiento, la niña adquiría otro tono, otra forma de desenvolver la sonrisa y en suma otra manera de abrir los ojos para contemplar el mundo.

No cabía explicar cuáles pudieran ser los poderes de los caballos de Carriegos para que se produjera el fenómeno, pero el caso era que el milagro se demostraba, en la medida en la que los milagros están capacitados para manifestarse y la niña de la sonrisa rota, comenzaba a articular monosílabos que tenían música y se sostenía el sonido en el aire, con el aire, por el aire.

La niña tontina sobre la grupa poderosa del caballito se sentía otra, distinta y feliz.

El milagro se había producido. Y el caballo adquiría también, quizá como compensación por su paciente mansedumbre un ritmo más alegre cuando durante el tratamiento le correspondía ensayar el trote lento y largo de los caballos cuando están alegres, cuando son felices: se le encienden los ojos y mueven la cabeza como si saludaran al mundo al paso vigoroso y seguro. Y sobre el caballo de la prueba, la niña agitaba la voz llamando tal vez al ángel de los caballos para que le proporcionara la compañía, la amistad y la protección que requería su curación.

Porque quizá es que los niños de la sombra no tienen otra forma de curarse que ésta de emitir gritos inexplicables y hasta inexpresivos, pero profundamente humanos.

Naturalmente no me es posible a mí, que soy ignorante, explicar el proceso de la fenomenología de los caballos de Carriegos, pero lo cierto, lo innegable y lo milagroso es que el fenómeno se produce y la niña tontina ríe y ensaya una forma de comunicación con el mundo, con su mundo, que alienta a sus familiares, que convierte a estos niños, delicadamente tontines, en un nuevo objeto de nuestra atención para que con la colaboración de los pacíficos caballitos de ojos dotados de miradas lánguidas los niños dejados de la mano de una sinrazón humana que no tiene explicación se curen definitivamente y consigan establecer relación con los demás niños.

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