TRIBUNA | FRANCISCO REYERO MORÁN

Finalmente no lo derribaron

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León

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¡LÁSTIMA!, tuvo que ser el munícipe omiso el que lo descabalgara por los aires de su soberbio pedestal, el muy nefando, si bien, lo extraño es que a estas alturas del Nodo siguiera allí amenazándonos desde lo alto con aquella estampa plagiaria, encaminada y grandipotente, sin que nadie lo hubiera desmontado hace mucho tiempo ya de su insolencia. Dicen que era el último que quedaba de su exigua especie y desfachada facha, ninguna pena, si acaso por el caballo que ninguna culpa tendría.

Costaba creerlo, y más en Santander que pasa por ser ciudad culta y civilizada.

Manda güevos que decía el otro y el común aclaraba que eran seis y cojones: los del caballo; los güevines del jinetín aumentado y los del que los mantenía en alto. He vuelto recientemente por allí, y uno, en su inopia bienpensante, creía que aquel alfeñique a lo Conde Duque de Olivares estaría ya bien corroído en el fondo de una ría; criando arañas en algún almacén municipal; o hecho cospeles, pero no, allí seguía en su estolidez ecuestre, sin que la escagarruciada pátina de palomina no lo desfigurara lo suficiente como para dejarlo irreconocible. A la incredulidad y el mosqueo se sobrepuso un insano recelo hacia aquellos apacibles santanderinos con los que viandaba y a los que echaba reojos desconfiados. Tentado estuve de preguntar a alguno por qué seguía allí aquel malnacido, pisoteando su dignidad; pero andaba acompañado y con prisas.

En las imágenes de la tele se veía discutir a partidarios y detractores de esta retirada: unos clamaban agradecidos mientras que otros porfiaban en la artera patraña que más de medio siglo después eleva aún sobre nuestras cabezas los nombres de tantos canallas, esto es: que ellos son parte de nuestra historia (concretamente de una muy larga y tristemente confesable) y que sólo con eso se han ganado sine die su derecho a estar ahí sobre el común de los mortales, ¡ja!. Y si bien, lo primero es cierto, historia son también los hítleres, los stálines, los polpots, las bombas nucleares, la inquisición, la peste bubónica o el sida, etcétera, etcétera, y no por ello vamos erigirles una placa o un monumento. Tampoco se trata de ser revisionista y pecar de lo mismo, quitar un San... por otro San... Buenaventura Durruti en este caso, que también tiene lo suyo por muy leonés que haya sido. ¡No!, sólo se trata de no mancharnos las manos con la memoria de los infames, sean del bando que sean y pese a quien le pese. Creo que los nombres de las calles, plazas, hospitales, colegios, etcétera, como lugares de nuestro público provecho y convivencia, tendrían que vindicar aquello que considero honrable: todo lo que nace de la bondad, la belleza o la inocencia y que hacen que la vida sea bienvivida; o bien mostrar el agradecimiento debido a quienes han sido nuestros bienhechores, máxime cuando lo habitual es omitirlos, fuscados como estamos en la grisura de nuestros afanes diarios. Luego, merecería también la placa el malogrado por la desgracia; y cómo no, el paisano celebre y meritorio; incluso todo aquello que alimenta el modorrín orgullo del terruño. Correcto.

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Pero lamentablemente lo ideal suele ser contrario a lo común y buena parte de nuestros callejeros patrios son una suerte de santoral que recita una dolorosa y prolija letanía que no es sólo la de los mediocres correligionarios; los adictos y adeptos al bando del sempiterno ganador, mezquino escribidor de su particular historia y martirologio, sino la del alto escalafón de los omni-presentes...¡¡¡Arrr!!!, esto es: los estrategas de la infamia; los logistas de la muerte en su ciego exterminio del contrario; junto con los brazos sicarios de sus alevosos crímenes. ¡Señores!, en estos casos estamos hablando de asesinos, ni más ni menos, y su fanática obnubilación redentorista nada atenuará esta condición. Seres indignos e insignificantes en suma; pero que espoleados por su megalómana debilidad cabalgaron fieramente hacia el poder, sobre los otros, y una vez recuperado supieron encubrirlo con el manto de unos ideales convenientes. Su victoria cargada de cobardía y traición no merece el premio del recuerdo, antes bien -"como Erostrato-" cabría esperar que un estrepitoso y confabulado silencio, olvidara todos sus nombres, no sus fechorías. No ha sido posible, y en este hoy a casi todos nos va alguna culpa en ello.