AL TRASLUZ | EDUARDO AGUIRRE
Nostalgia de Camelot
OBAMA, el hombre que -en teoría- no podía reinar acaba de ser coronado como nuevo rey Arturo. A veces, lo imposible ocurre. Camelot nunca ha existido como lugar físico, pero sí en forma de anhelo colectivo de un mundo mejor; es real en medida de que Don Quijote, Ulises y Frodo también lo son. En su discurso de investidura reivindicó los grandes ideales del gobierno justo, donde las distintas razas , ideologías y creencias religiosas -“pero también los ateos- pueden colaborar en la recuperación del bienestar perdido, aunque recalcó que nada podrá lograrse dando la espalda a quienes menos tienen. En efecto, a veces, lo imposible ocurre: Estados Unidos tiene un presidente afroamericano. ¿Decepcionará? Nadie puede saberlo. De momento, el hombre que no podía reinar ya reina. Fracasar en un gran reto épico es doloroso; pero aún más, no haberlo intentado. En su día, los hermanos Kennedy quisieron erigir un nuevo Camelot, aunque ellos no fuesen precisamente castos caballeros de la Tabla Redonda, y su sangre salpicó el sueño americano. Ha tomado ya las primeras medidas para ponerle freno al excesivo poder de los -œlobbies-; ojalá no encuentre en tan peligroso reto a sus Mordred y Morgana, la batalla que no puede ganar. ¿Decepcionará Obama? Y nosotros ¿decepcionaremos? Todos estamos a prueba, cada uno desde su pequeña o gran responsabilidad, pues los problemas son mundiales. Sí, a veces lo imposible ocurre, y los hay tantos positivos como negativos; de la materialización de ambos estamos teniendo abundantes ejemplos en estos tiempos extraños. El reino de Camelot no existe, salvo en nosotros. Pese a ello, Merlín hará bien en desempolvar sus mejores consejos de perro viejo, como asesor presidencial tiene mucho trabajo por delante.