HISTORIAS DEL REINO | MARGARITA TORRES
Pringaos
LO MALO DE LOS yankys es que acabamos por copiarles lo peor: las hamburguesas grasientas y las gamberradas que señalan a los muchachos que están «in» y desprecian a los chicos normales por «out». Allí, en la tierra de Obama, proliferan las formas traumáticas de aceptación gregaria: que si la más guapa ha de ofrecerse en almoneda sexual, que si hay que zurrarle la badana al chico tímido a base de insultos, que si uno tiene que mostrar su hombría golpeando viejos y débiles.
Hace unos días un grupo de castrati quinceañeros mutilaron a una podenca y lo grabaron en su móvil. Hace apenas una semana, unos gilipollas adolescentes se dedicaron al colchoning con unos emigrantes a los que colocaban en el suelo para, a continuación, tomar carrerilla y saltar encima de su estómago mientras el más tonto del grupo tomaba cumplida prueba en video de la hazaña. Me contaba una amiga asturiana que en Pola de Laviana un grupito de cretinos violaron a un menor pidiéndose el turno los unos a los otros mientras el sobrero registraba el logro en el apéndice natural de estos imbéciles: el móvil.
A veces pensamos que todas estas noticias ingratas sólo pueden llegar desde otros lugares de España y no surgir en León, manso redil de pastores y ovejas donde el mayor altercado suele ser un chismorreo de vecindario. Para que anden prevenidos les aviso de la última ocurrencia de los soplagaitas preadolescentes: pegar a los mayores. Y en este León nuestro tiene ahora mismo uno de sus campos de batalla favoritos. El juego consiste en cruzarse con un anciano o una mujer y golpearle con una pelota de tenis o arrojarle algún objeto contundente a ser posible a la cabeza. Luego, los héroes en pañales salen corriendo entre risas. No crean, no, que escaparán de este último entretenimiento. Ayer por la tarde, en el puente de la estación, varios viandantes fuimos testigos de esta fazaña y de la rápida huída de los rapaces, que salieron por patas mientras el agredido se quejaba amargamente.
Mucho se habla de la crisis económica. Creo que va siendo hora de abordar la educacional, que es mucho peor. Estamos criando a nuestros pechos a generaciones de aburridos pringaos cuyo triunfo en la vida se cifra, a lo yanky, en conseguir que el más admirado del grupo de borregos te salude por tu nombre después de disfrutar del último vídeo con la última salvajada colgado en Internet. Alguien, en algún lugar de esta piel de toro, en algún momento, debería de plantearse un reajuste que devuelva a los docentes su autoridad perdida, que recupere para los padres el respeto. Entretanto, las páginas webs de contactos entre adolescentes y de socialización aséptica triunfan plagadas de estas magníficas gestas audiovisuales dignas de un tarado asaeteado de complejos.
Antes, los progenitores y los maestros ponían coto a estos arranques hormonales; ahora, en cambio, nos encontramos con cerebros privilegiados que condenan a una pobre madre sordomuda por un bofetón a su hijo. Me pregunto por qué esas mentes preclaras no actúan con la misma contundencia en los casos de violencia de género o de acoso escolar. Será cuestión de moda o de sentirse integrado en el grupo ellos también.