CRÉMER CONTRA CRÉMER | VICTORIANO CRÉMER
A año nuevo, gobierno nuevo
LOS GOBI ERNOS como todo en este mundo, tienen su duración establecida por la ley y la costumbre. Y a medida que se cumplen los plazos establecidos o sugeridos y el encargado de determinada función, no cumple la satisfacción del capitán que les manda, sin acudir a ninguna otra fórmula, por la sola voluntad de la capitanía, se produce el cambio. Siempre fue así y siempre lo será. Porque ni la ambición de los seres humanos, ni la vanidad general, ni la seducción de los cargos y de las influencias, dejan de constituir argumentos insoslayables de desgaste, ni por supuesto de dependencia a poderes superiores. Cada uno es en este mundo de la gobernación de un pueblo, lo que quiere que sea el director de la banca.
Y eso o cosa parecida es lo que pasa en la actualidad con la manipulación de los titulares de cada cargo o pesto o enchufe inscrito en nómina.
Se dice, no obstante, que el jefe del Gobierno, sea éste el que fuera, conoce de antemano los puestos para los cuales selecciona sus hombres y mujeres. Y como es perfectamente natural que en la decisión de cada ser humano se inscriben multitud de errores, hemos de aceptar que en las múltiples variaciones de los gobiernos que se están produciendo sena tantos los errores como los aciertos.
Y dado que éstos implican inevitables traumas en el discurso de la dirección de un pueblo, resulta inevitable que los gobiernos sean cambiados con relativa frecuencia.
Unas veces por el cansancio que en la sociedad producen determinados usos y costumbres de manejar leyes y maniobras y otras porque el capitán del grupo llamado a gobernar no acaba de hacerse con el estilo, con la música ni con la gana de hacer las cosas necesarias y por atenerse al dietario del supremo hacedor de leyes y maniobras, los gobiernos pierden fuerza, conocimiento y habilidad y se produce lo que se da en llamar cansancio. El gobernamiento de España está cansado. Las piezas que le componen han sufrido operaciones en las cuales han dejado la piel y el páncreas.
Y esta situación se nota y el contribuyente apela a su sentido común para rechazar la fatiga de los mecanismos de oficio.
Habrá, sin duda, ahora y en la hora de la verdad, cambios en el gobierno de la nación. Y se producirán agujeros negros y vacíos que determinarán a poco de tomar el pulso a la nación los mismos efectos de fatiga, de apatía y de presunción que aquellos que se acumularon durante las últimas pruebas y también se aconsejará el cambio antes de que por presunción, por orgullo de casta política o por simpleza, la torre de Babel que es siempre toda arquitectura política, se derrumbe y se produzca el gran vacío.
Dicen los notarios que dan fe de que la gobernación de la España de la crisis no necesita reparación ni reforma, ni hubo menos cambio, pero el pueblo percibe claramente que la necesidad, la urgencia del cambio de Gobierno es ya tan indispensable que si se demora su acción se corre el riesgo de tener que intentar la operación de gobernar sobre un montón de escombros. Nosotros los dejados de la mano de los elegidos percibimos como absoluta claridad la necesidad de que se produzca el cambio que la situación política de la España fecunda necesita.