León

Creado:

Actualizado:

HAY DÍAS QUE tras leer el periódico, necesitas urgentemente marcarte unos pasos de claqué reanimador. En las películas, a Fred Astaire y a Gene Kelly les daba siempre resultado, ningún problema se resistía. Si había que cantar bajo la lluvia, se cantaba. Ayer tras leer las noticias sobre la ya admitida oficialmente recesión, recurrí a esta modalidad de terapia, a ver si así se me pasaba el susto; algo alivia, no puede negarse, pero me resultó insuficiente. El claqué nació en Estados Unidos, a principios del siglo XIX, entre los esclavos negros, como proclamación del derecho a la alegría, incluso en el blues; luego se pasó por el filtro de lo blanco. En aquellos maravillosos musicales de Hollywood todo era más fácil, pues cada personaje llevaba consigo una gran orquesta invisible, y ni siquiera necesitaban ensayar, ni ponerse de acuerdo en quién entra primero y quién después. Estoy dispuesto a claquearme todo el repertorio de Broadway, a hacer triples mortales con la confianza y mi capacidad de consumo, pero sería de agradecer que los partidos demostrasen que saben aunar esfuerzos ante la crisis, porque si ahora, en estos difíciles momentos, no son capaces de ir más allá de su diaria teatralización de la discrepancia, entonces, la democracia queda reducida a un mero sistema de mantenimiento salarial de la clase política. La sociedad necesita percibir que, ante los problemas actuales, los partidos saben apartar sus legítimas diferencias, para concentrarse en la búsqueda conjunta de soluciones. ¿Qué tiene que ocurrir para que algunos dejen de hacerlo girar todo alrededor de sus propios problemas y ambiciones? Mucho me temo que, de momento, hemos de aferrarnos al claqué terapéutico, y además pagar por ello a la Sociedad General de Autores, que no perdona...

Cargando contenidos...