TRIBUNA | RICARDO MAGAZ

Inmigración, criminalidad y temor social

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León

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ALGUIEN dijo que un título agitador es el mejor pórtico para un texto con alma y ganas de llamar la atención, sin por ello malgastar el rigor. Siento de veras, amigo lector, si tus pupilas se han hospedado en este artículo y no está a la altura de tus expectativas. Pero no, decididamente un inmigrante no es un malhechor, ni tan siquiera tratándose de un «sin papeles» que huye de la penuria o de la tiraría o de ambas cosas, en un periplo turbulento que le acarreará el desorden psicológico conocido como «Síndrome de Ulises». Un «irregular» quebranta una norma de rango administrativo pero no el Código Penal, pese a que muchos han destruido su documentación para no ser identificados por las autoridades y evitar la repatriación. Simplemente quieren trabajar aunque sea en precario y sin derechos, pero en paz. Es una cuestión de mera supervivencia; un mandato atávico de la naturaleza humana. Acaso resulte controvertido entenderlo tal como se encuentra el panorama, sin embargo la mayoría de los foráneos que alcanzan España, tanto «sin papeles» como «legales» son honestos ciudadanos que vienen a ganarse la vida en un país donde, de entrada, gozan de sanidad, de educación y de seguridad, amén de un trato digno, salvo muy raras excepciones. Un país donde no tienen nada que temer-¦, de las autoridades ni de sus funcionarios.

Pero, en efecto, el título que preside este texto no está ideado sólo como rótulo luminoso de reclamo para el respetable. Hay más. Desde un planteamiento criminológico, los datos son elocuentes y no conviene soslayarlos si se pretende una exposición seria. Es preciso ser realistas. También existen aquellos otros extranjeros que nos visitan con el torcido propósito de perpetrar delitos «a bajo coste penal», prevaleciéndose de un estimado sistema jurídico garantista que, así las cosas, posibilita el abuso y cierta impunidad, dada la ausencia de identificación y arraigo del infractor, que origina con su actitud ilícita un notabilísimo estado de temor y alarma social.

El secuestro express, los sicarios, los asaltos a viviendas con moradores dentro, el tráfico de personas, los alunizajes o los cogoteros son, entre otros, nuevos modus operandi importados por estos delincuentes transnacionales disfrazados de inmigrantes que han cruzado la frontera española con espíritu depredador. El número de extranjeros presos en España se ha triplicado en los últimos años. De un reciente estudio de la Sociedad Científica Española de Criminología, semejante a los datos de Instituciones Penitenciarias y a los manejados por la UFP, se desprende que en 2009, cerca de 25.000 extranjeros están encarcelados en España, de entre una población reclusa de 71.000 personas. Es decir, al menos uno de cada tres internos es foráneo. La comunidad más numerosa corresponde a los súbditos marroquíes, seguida de colombianos, rumanos, argelinos y venezolanos. Atendiendo a la tipología delictiva de los condenados, los datos del Gobierno revelan que un 31,7 por ciento de los reos extranjeros cometió algún delito de tráfico de drogas, mientras el 27,3 por ciento se encuentra por robo. Asimismo, el 6,5 por ciento cumple condena por lesiones y el 3,2 por delitos contra los derechos de los trabajadores, o lo que es más cruel, contra otros extranjeros.

Ahora bien, ello no significa que en todas las prisiones el porcentaje se atenga a estos estándares. En absoluto. La cárcel de León, concebida para 1.000 reclusos, tiene en la actualidad una población de 1.9000 presos de los que, según fuentes solventes, más de la mitad son extranjeros. ¿La explicación? No todos han delinquido en tierras leonesas; un importante contingente de internos procede de otras partes de España donde no existe una estructura penitenciaria suficiente o adecuada.

La transgresión es un hecho que viene acompañando al ser humano desde que el mundo apareció en el cosmos. Podríamos decir como argumento simple y de urgencia que el hombre nace a la defens iva. Así de severo. La tesis de Raffaelle Garófalo sobre el delito natural y la lesión de los sentimientos abunda en esa línea. No obstante, estudios más avanzados nos acercan a la transgresión como pauta socialmente desviada, pero ello nos llevaría a la conclusión empírica de que no toda conducta desviada es siempre delito, ni todo delito es considerado un comportamiento desviado. Verbi gratia un «sin papeles» o, por contra, la codicia económica especulativa y dolosa de otro sujeto distinto.

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En definitiva, y con la estadística oficial encima de la mesa, las razones del incremento delincuencial en la población de origen extranjero, obedecen, según mi opinión, a tres factores fundamentales: el económico, el sociocultural y el transgresor ex profeso . Las penurias materiales y de marginalidad por las que atraviesan en época de crisis muchos inmigrantes les conducen en algunos casos a la delincuencia, dándose la incongruencia de que buena parte de ellos carecían de antecedentes; además hay que sumarle en ocasiones el factor de inadaptación sociocultural y desarraigo y, por último, los malhechores reincidentes y mafias que tienen en el delito su modus vivendi . Ayudas sociales, ajuste de la normativa a la realidad, refuerzo de fronteras exteriores, salida mediante repatriaciones dignas para los «sin papeles», con excepciones según circunstancias personales, y el peso reforzado de la ley para aquellos individuos, extranjeros o nacionales, que vulneren con gravedad, reincidencia o formando banda las reglas del juego. Estas son las recetas de la Unión Europea. Un viejo precepto criminológico indica que no se puede sobrepasar el problema si uno se limita simplemente a seguirle los pasos. La experiencia lo confirma.