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RAFAEL TORRES
León

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A MANUEL Fraga puede discutírsele la autoridad en muchas materias, pero no en la de la caza. Él sabe de caza. Y de cacerías. Esos contubernios de hombres ociosos vestidos de verde, tocados con un sombrerito ridículo y con el pecho o la cintura cruzados por cananas, consistentes en arrebatar la vida al máximo posible de criaturas del campo, no tienen secretos para él.

Fraga haa asistido a muchísimas cacerías, así en el franquismo como en el régimen actual, y cuando insinúa que en la cacería en la que coincidieron el magistrado de la Audiencia Baltasar Garzón y el ministro de Justicia, Mariano Fernández Bermejo, pudieran haber hablado de algo más que de perdices y becadas, por algo, ciertamente, lo insinúa.

Antes de inventarse el palco del estadio Santiago Bernabéu, los pelotazos se fraguaban en las cacerías de alto copete, preferiblemente con Francisco Franco por allí y su escopetita de matar lo que fuera. Permisos de importación, enchufes, designaciones a dedo, de todo se trataba en aquellas sesiones cinegéticas donde, para justificar la jornada campestre, algunos cérvidos acababan con un tiro entre sus ojos bellísimos.

En el palco del Bernabéu, ya sin Franco en presencia, aunque sí en esencia, la cosa era más moderna: recalificaciones de terrenos, opas, comisiones, pero la cuestión venía a ser la misma, cosa de pillar y de repartirse, pero se ve que lo de planear el cobro de piezas mayores mientras se acribillan piezas menores, no se extinguió nunca, y ahí sigue como siguen tantas y tantas otras cosas de los tiempos de Franco.

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Ahora bien; la presunción rajoniana de que Garzón y el ministro de Justicia pudieran haber aprovechado sus tiros en comandita para urdir un diabólico proyecto político-judicial para hundir al Partido Popular, se antoja un poco traído por los pelos. Y no por nada, sino porque el PP no necesita, pues él lo sabe hacer solo, ningún plan que lo hunda.