HISTORIAS DEL REINO | MARGARITA TORRES
Polvos históricos en el Camino
AFIRMAN QUIENES conocen el Siglo de Oro español que muchos de los inquisidores más fervientes defensores de la pureza de sangre fueron de linaje converso. Hace al caso esta digresión porque, a menudo, los leoneses nos perdemos entre las genealogías de Don Rigodón, o entre las envidias teñidas de discutible ironía pacata y felona. Malgastamos tiempo, dinero, energías en enmendarle la plana a Alfonso III o al emperador Trajano antes que en colaborar entre todos a buscar una solución a los problemas económicos que nos aquejan. Nos morimos, y algunos aún pretenden una muerte rebozada en puntillas de Flandes que oculte la miseria del día a día de los pueblos cada vez más vacíos, de los jóvenes cada día más asqueados con este León que, de puro apolillado, ya ni asusta a las tiernas vecinitas.
Atraviesan nuestra provincia dos rutas históricas con solera romana y medieval. La una ha pasado a conocerse como Camino de Santiago, si bien en sus orígenes fue denominada conforme a las ciudades que unía en Galia e Hispania, osea: Burdigala (Burdeos) y Bracara (Braga); la segunda, hilvanaba Emerita con ese extraño binomio Legione-Asturica que unió para los siglos a recios legionarios patrulladores de caminos hispanos con acomodaticios funcionarios imperiales. Esta última, conforme avanzamos en el tiempo, ha pasado al acervo cultural con el sobrenombre de Vía o Ruta de la Plata. Las vías antiguas, como las autopistas y nacionales modernas, vertebran el territorio, no lo aíslan del mundo.
En el 2010 se celebrará nuevo Año Santo. Muchos peregrinos tomarán la mochila para pasar sus vacaciones y dejar sus dinerines en el camino francés o en ese otro que, desde la Andalucía Occidental arriba a Mérida y, a partir de ahí, asciende hasta Astorga. El mismo que nuestros hermanos asturianos tomarán hacia el sur para salir a León y continuar hacia la tumba del Apóstol. Tal producto histórico, con sus más y sus menos, ha pasado a convertirse en recurso turístico de primera magnitud, en oportunidad para sanear un territorio muerto y ofrecerle nuevas ilusiones, en arteria de potencial ganancia para todos. En fin: en un algo vendible y amortizable dentro y fuera de nuestras fronteras. Un elemento, éste, que revitalizaría León a través de un eje que articularía la provincia hacia el norte y hacia el sur, que sumaría y no restaría.
Sin embargo, tales buenas intenciones, apoyadas por Madrid y el ente autonómico, aplaudidas por la mayoría de los ayuntamientos afectados, se estrellan contra el muro de una supuesta realidad histórica i-nal-te-ra-ble. Como afortunadamente vivimos en el 2009, tal vez sea tiempo de sacudirnos un poco de rancio polvo histórico para ver mejor el futuro, incluso con ilusión entre tanta dificultad. Todos tenemos la obligación de arrimar el hombro para ayudarnos, no de sembrar de chinitas historicistas a propósito de si la Vía de la Plata existía, pasaba por aquí o por acullá. Al fin y al cabo ninguno de nosotros vivió en los tiempos de Trajano y Adriano para conocer sus barruntes mentales viarios, ¿o sí? Tal vez incluso pensaron en cambiar a última hora el trazado-¦y no les dio tiempo. Nosotros todavía lo tenemos.