CRÉMER CONTRA CRÉMER | VICTORIANO CRÉMER
¿Dios existe? Una cuestión difícil... y peligrosa
CON QUE VA LA MUCHACHA y me pregunta: «Señor usted, ¿podría decirme si Dios existe?». Y yo me quedé parado y con la mirada perdida. No porque no supiera cuál podría y debiera ser mi respuesta, positiva o negativa, sino porque desplegaba una cuestión absolutamente arriesgada en un país tan cristero y tan contradictorio en materia de religión como la patria de Santa Teresa de Jesús. En Barcelona y en Madrid, las gentes preocupadas o amigas del peligro se han lanzado y sin ambages ni rodeos han expresado una opinión para lo cual no han tenido inconveniente ni reparo en hacer uso de la publicidad.
Y como es sabido, dado que la publicidad puede exponerse y expresarse de mil maneras, a cual más contradictoria y difícil, los valerosos contendientes han utilizado como medio más idóneo para expresar sus opiniones al respecto el uso del autobús público.
Y en su costado, o en su trasero, han colocado la misma pregunta que nosotros utilizamos para esta difícil crónica. Sabemos o nos imaginamos el riesgo que esta decisión comportar y si no fuera un auténtico desplazado de la razón, me entregaría a comentar el precio del pan en tiempo de crisis.
Pero pienso que el tema es lo suficiente trascendente como para desdeñarlo, y en lugar de cuidar de dar puntual información sobre teologías a las cuales no alcanzo, resulta más adecuado y a la justa medida de mis ignorancias dejar que la pregunta sea respondida por quienes están en condiciones de hacerlo, que doctores tiene la Iglesia que le sabrán responder.
Dejemos, pues, en manos y en espíritus mejor dotados para que satisfagan la curiosidad trascendente en la que pueblos tan distintos y sin embargo tan inmediatos políticamente como Barcelona y Madrid, por ahora, y al menos arriesguemos nosotros el principio de que nada debe el profano adelantar sobre la difícil cuestión de la existencia o no de Dios, si carece de una respuesta prudente y de cierta manera aplicable.
Aquí lo del soneto «No me mueve mi Dios para quererte». Ergo ¿es que me arriesgo a proponer la respuesta afirmativa? Líbreme, Dios. Lo que intento dejar claro es que quizá, tal vez, acaso, la interrogante propone una cierta forma de comportamiento que no resulte alguna de esas cuestiones del sexo o de la gramática galopante, apta y utilizada actualmente no ya sólo en autobuses de propaganda, sino en medios de comunicación tan sutiles y peligrosos como la televisión, la prensa o las revistas del papel couché en las que lo que se afirma es el desbocamiento ignorante de la cuestión principal que compete a la naturaleza humana.
Y no digamos que el procedimiento de dirigirse al común de fieles o de refractarios a cualquier doctrina deba ser lapidada sino que la verdadera interrogante que el hombre actual necesita afirmar es la convicción de que el hombre verdaderamente para ser considerado portador de valores eternos tiene que aproximarse a una mención siquiera de la estructura religiosa o laica de la naturaleza humana en lugar de mantener todas sus imprecisiones en conocer si el presidente del Madrid está limpio de culpas. De hecho todos disponemos de un dios al que agarrarnos cuando llueve.