León

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ALGUNOS hombres llevan dentro oscuros subterráneos, y a nadie dejan entrar en ellos. O quizá sí. Ya cerca de los ochenta años, Clint Eastwood vuelve a ahondar en su última película en el interior de quienes se debaten entre la necesidad de redención y el escepticismo sobre la condición humana. Muchos de los subtemas que fluían en «Million Dollar Babie» son otra vez abordados en «Gran Torino», ahora con humor amargo; de nuevo, el sacrificio en compensación a los pecados del pasado; de nuevo, el remordimiento que habita en las sombras de una casa que no es un verdadero hogar; de nuevo, una familia como fuente de dolor secreto (aunque el amor de la esposa fallecida, católica devota, es una de las presencias latentes en la historia; la otra sería la fe). Cine que comienza donde terminaba «Centauros del desierto», aquella puerta cerrándose para siempre delante de John Wayne. Cierta clase de héroes tienen una vejez tormentosa. El actor y director estadounidense se siente en el deber de contarnos el reverso de los personajes «duros» que él mismo contribuyó a mitificar, y lo hace sin destruirlos, con piedad e ironía crítica; porque si bien, nos dice, este es un mundo brutal, todavía podemos resolver las deudas pendientes con nuestra conciencia, poner un poco de luz en la oscuridad de nuestro propio subterráneo. Hay intensos diálogos con un joven y bienintencionado sacerdote, quien intenta resolver con la palabra el violento problema planteado en el barrio por una banda de matones, también muy jóvenes. Pero Walt Kowalski, el viejo huraño y racista interpretado por Eastwood, tiene su propia teología casera; no muy ortodoxa, pero eficaz. «¿En dónde encontraré descanso?» se pregunta Frodo, al final de «El señor de los anillos». Gran Clint. Gran milagro. ¿Gran adiós?

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