TRIBUNA | francisco javier gonzález rojo
León simbólica y referencial
RECUERDO una visita con mi padre a un pueblo trotado por una veintena de turistas, de acá para allá deprisa, de allá para acá, de paso, quizás una treintena. Aquel devenir y de marchar excitó mi expectación sobre el aparente progreso del lugar, a lo que él observó con sensatez canosa: «hijo, qué grandes casas han levantado». De ese modo me dio a entender que valoraba, merecía las ciudades y 1os pueblos, por sus casalicios, por la magnitud de sus arquitecturas, por sus alturas. De esta manera, ostentan los pueblos, las ciudades, su relevancia, asomando los más importantes de la comarca sus casonas de mayor relumbre, las de más plantas, y la capital, las más artísticas y las más ampulosas de provincia. Digamos que los episodios históricos de esplendor de una ciudad se pueden identificar por datación de sus edificaciones más insignes.
León hace tiempo, demasiado tiempo, que no coloca el ramo a monumentos, desde que se fundó la ciudad y se amuralló, desde cuando fue Reino, desde que España fue Imperio y aquí llegó algo de Renacimiento y desde que una fortuna del pasado siglo contrató a un genio del modernismo. Y poco más. Desde entonces se recrea en sus recuerdos cuidando y descuidando ese pasado, en paralelo y perpendicular a su desarrollo. León, provinciana, aseñorada y monótona, sin barrios obreros, se ha ido urbanizando, primero, para colmar y colmenar la demanda de los ahorros rurales de sus paisanos, luego para satisfacer las necesidades de vivienda de profesionales que atendían a todos ellos, más tarde, para acoger a funcionarios que administran y dan servicio, en viaje de ida y vuelta, a los pueblos, y, por último, para enladrillar la espiral especulativa que ha ensombrecido a los contados edificios públicos con aspiraciones emblemáticas. Digamos que los barrios de una ciudad son la referencia de su sesgo socioeconómico.
Digamos que por ello y por aquello, si yo fuera el arquitecto de León y de mis fantasías dividiría la ciudad en cuatro zonas cardinales, y en cada una asentaría dos rascacielos como descomunales jambas galanas de las puertas de entrada a la ciudad que enmarcarían un espacioso vano para encuadrar Catedral. La Catedral, arca de los símbolos, de paredes de piedra rozada y sobada por los siglos, torres hasta el cielo, admirada por miradas de tanta gente de tantas procedencias de tan antiguo, y vidrieras espirituales por donde se funden por sus cristales luces tenues e intensas por iluminar su interior donde se guarda el alma, el alma de los leoneses.
Y a cada uno de esos imponentes colosos les pondría nombre como signo en el que representar un posible renacer económico «del nuestro León». En el Noroeste refundiría sus viviendas en la torre de la Logística y en la torre de las Energías y las Minerías, señal de lo que poseemos; los Cuarteles y el Seminario Menor se los cedería a una célebre Universidad Americana, sin importar que fuera pública o privada y si no hay otro remedio, para su dedicación a estudios de Medicina de alumnos leoneses y de donde quiera que viniesen y de becarios misioneros y de Misiones para que aprendiesen las ciencias de curar cuerpos y sanar espíritus. En el Noreste, situaría la torre de la Bioagroindustria y la de las Ingenierías Instrumentales como representación de modernización, desarrollo e innovación de nuestras habilidades tradicionales. En el Sureste, ¡ay, si yo hubiera urbanizado La Lastra!, en vez de repartir los solares entre los constructores leoneses, hubiera alzado dos torres rozacielos con todos ellos, espléndidas, simbolizando lo que las Administraciones nos deben, para ofertarlas al mercado global, las de la Informática y de la Biotecnología, con extensos antojanos ajardinados y estanques con agua de los dos ríos, el Bernesga y el Torío. En el Suroeste, al Suroeste,
Si yo diseñara este, sobre esos raíles abandonados y esas fábricas derruidas, dibujaría dos estructuras alcanzacielos de formas sinuosas y diluidas para que el sol alumbrase todas sus fachadas, como llamaradas de esperanza, tan bigardas que en una cupieran cuatro mil quinientas viviendas y, la otra, acogiera las sedes sociales de todos los empresarios leoneses en el exilio. En derredor pintaría camperonas que taparan enormes calderas de carbón y de biomasa, impresionantes adornos de espejos fotovoltaicos y surtidores de agua cayendo en cascada, tan elevados, como los saltos hidroeléctricos, para aprovechar como energías las de nuestra tierra, la tremenda potencia enérgica de nuestras montañas, las más adecuadas cuando se manejan a granel y uso comunitario. Si de mí dependiera, el proyecto se lo encargaría a todos los arquitectos y técnicos leoneses para que lo ejecutaran en comandita y las concluiría con los parados de la construcción por lo pagado y lo que fuera, y si decidiera, con los fondos detraídos de la parte menos urgente y necesaria de algunas obras políticas y públicas y de aquellas que no requieren mano de obra intensivamente, compraría, a precio de coste, los pisos vacíos y sin demanda de otras zonas para destinarlos a protección oficial y para que, con la liquidez generada, sus promotores y los bancos levantaran una de estas torres peculiares que denominaría de la Cultura Leonesa y se la dedicaría a tan portentosos escritores leoneses que con tan honda pena y tan profundo amor llevan a León en su corazón, con murria, por todo el mundo y a todas partes, y con su prestigio y la majestuosidad de la obra atraería de todos los lugares gente de inspiración e ingenio con luz e ilusión para estos tiempos de tinieblas, y si influyera, convencería a los emprendedores leoneses en otras tierras para reubicar la sede social de sus negocios en la otra torre, a la que diría de los empresarios leoneses en su homenaje como excelentes gestores comerciales e industriales que con su talento triunfaron en el destierro, para que tras su pendón traigan, devuelvan y mantengan inteligencia y conocimiento que, con aguda visión, traspasen ese horizonte caótico de negros y rojizos adelantándonos un futuro prometedor, optimista y seguro más allá de las turbulencias económicas de ahora.
Si me entendieran, si me creyeran, o aunque no me crean, las ciudades compiten, luchan por inversiones multinacionales, por proyectos esenciales, por ser referentes internacionales que reclaman por un lado y por otro polarizan mentes prodigiosas y geniales, y para avecinar ese valor investigador, descubridor, innovador e inspirado, una ciudad capital, además de agradable y, por qué no, guapa y una provincia arregayada de atractivos, debe disponer de un entorno y unas edificaciones, especiales, originales, monumentales y espectaculares.
Si yo pudiera, si de mi dependiera, si decidiera, si influyera, si convenciera...