León

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LA campaña de la jerarquía católica para combatir el aborto es indecente: primero, por el gasto económico que supone para una institución que vive principalmente de los fondos públicos y segundo por lo que sus imágenes y mensajes grandilocuentes guardan de «publicidad engañosa». En su osadía propagandística, no ha dudado en usar la imagen de un bebé que gatea -”un año-” y compararlo con los linces como si fuera un embrión.

El afán de controlar el cuerpo de las mujeres no es ninguna novedad en la tradición católica, que ha transmitido durante siglos una misogina bendecida por exigencias como la virginidad hasta el matrimonio o la atávica creencia de la impureza de la mujer durante la menstruación y tras el parto. De hecho las mujeres, cuya igualdad de derechos con los hombres ya es incuestionable en el siglo XXI, están excluidas de la jerarquía católica, como de otras muchas religiones.

La campaña de la Conferencia Episcopal quiere interferir en un asunto que corresponde al poder legislativo y que, como tal, es independiente de las confesiones religiosas, aunque vivamos en un Estado más cercano a la confesionalidad que a la laicidad. Un Estado que la financia en virtud de unos pactos de privilegio con el Estado Vaticano y un Estado en el cual la Iglesia decide quiénes pueden y quiénes no dar clases de religión en las escuelas en función de criterios que nada tienen que ver con la pedagogía.

Con este paisaje de fondo, a Zapatero no le debe extrañar en absoluto que la jerarquía trate de paralizar la ley sobre el aborto (hasta ahora lo que hay son unos supuestos de despenalización que dejan a las mujeres, como se ha demostrado, al albur de quien quiera juzgarlas y perseguirlas).

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En la Conferencia Episcopal realmente hay muchos linces, pero no de los ibéricos en peligro de extinción, sino de esos que el diccionario llama personas sagaces y agudas. Y los linces encabezan una campaña feroz, con grandes dosis de agresividad para acoquinar... ahora que ya no tienen infierno.