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MANUEL ALCÁNTARA
León

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ESA ES LA CUESTIÓN en Kosovo. El ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Angel Moratinos, no estaba en las intenciones del asunto y además nadie le preguntó. Al parecer se oponía a la salida de las tropas, pero como no fue consultado tendrá que esperar mejor ocasión. El hombre conoció las medidas tomadas por la ministra de Defensa, Carmen Chacón, a la vez que el sastre del señor Camps: con el tiempo justo. No se sabe si Defensa desoyó a La Moncloa o es que se ha establecido un diálogo entre sordos. Lo que sí se sabe es que hemos hecho el ridículo continental. ¿Nuestros soldados se irán de Kosovo o se quedarán allí una temporada más? Hay gustos para todos, pero al señor Moratinos le han dado un disgusto. Menos mal que a él lo que no le mata le engorda. Hemos cabreado a la Otan. Allí piensan que no hay forma de entenderse con gente tan informal y, a pesar de las rectificaciones, dicen que «el daño ya está hecho».

Nuestra diplomacia nos saca de muchos problemas, pero nos mete en otros. Quienes ejercen ese cortés oficio según Roger Peyrefitte, tan mal visto por la Iglesia desde que escribió sobre la diplomacia vaticana, tiene garantizado el trabajo por los siglos de los siglos, ya que no hay ordenadores que beban champán y coman langosta. Los nuestros no se ponen de acuerdo. No acaban de comprender que un general malo es mejor que dos buenos. Nuestros soldaditos puede que anden en mucho peligro, pero nuestro Gobierno no sabe por dónde se anda, y eso es peligroso. ¿Volverán o no volverán las tropas españolas a Kosovo? Depende de quién lo diga. Sus respectivas familias no saben a qué atenerse. Mientras hablamos de su paradero no estamos hablando de los parados.

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