León

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EN TREINTA AÑOS de democracia municipal hemos asistido a la transformación de la política de andar por casa, a caballo entre el fervor ideológico y el voluntarismo, a la política profesional, esa que se decide en los despachos, a golpe de titular y se cobra a toca teja. Entendámonos: ni quienes se estrenaron en las alcaldías democráticas en 1979 eran almas cándidas, ni quienes gestionan ahora lo que queda de lo público son aves de rapiña por entero. Pero sí el signo de los dos tiempos.

Casi cuatro años pasaron desde la muerte del dictador hasta que la democracia llegó, por fin, a los ámbitos de poder más cercano, los municipios. En este tiempo hemos aprendido mucha aritmética poselectoral, sobran talentos del tanto por ciento, expertos en externalizar y los malabaristas del verbo han sustituido al lenguaje llano.

Eso sí, tenemos asfalto en la plaza y bancos de ciudad y, sobre la era, florecen los adosados mostrando el futuro de los pueblos como segunda residencia. «En 1979 no sabíamos lo que era la democracia», decía ayer Juan Morano, quince años de alcalde y otros tantos de diputado. Y yo me pregunto: ¿Lo sabemos hoy?. Sabemos lo que no es; la democracia, democracia... ¿Es votar cada cuatro años?

No es eso, no es eso..., diría Ortega.

Ahora que se cumplen treinta años de municipalismo en los que efectivamente ha cambiado mucho el paisaje social, y mucho para bien, es un momento estupendo para recapacitar sobre cuánto ha avanzado de verdad la democracia en los ayuntamientos y cuánto queremos que avance en adelante. Celso López Gavela, dieciséis años de alcalde de Ponferrada, daba ayer una pista: «¿Tanto trabajo cuesta ser honrado y administrar bien los bienes del pueblo?». Y Pedro Vizcay otra: limitar los mandatos para evitar vicios.

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La democracia ha garantizado el relevo hasta cierto punto -”sólo dos alcaldes permanecen en León desde 1979-” pero hace falta que las nuevas hornadas políticas traigan más que títulos, meritocracia en el partido y glamour para las cámaras.