LA OPINIÓNDEL LECTOR

¿De quién es el dinero público?

MARÍA DOLORES ROJO LÓPEZLlegar a decir que el pueblo no entiende los gastos a los que están «obligados» es una ofensa que degrada el legítimo derecho del pueblo a opinar desde la soberanía que le corresponde al d

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León

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EN PRINCIPIO parece que la pregunta que encabeza esta opinión, como título, tiene una respuesta evidente, pero no es así. Tal y como los acontecimientos ruedan en esta democracia nuestra, a nivel de gastos internos de la gestión política colmada de decisiones personales anexas al cargo, nos llevan a creer que el dinero público, ese que procede y pertenece a todos, es de quién lo gasta.

El dinero público, como cualquier función, cargo o propiedad, siempre se esconde tras la cortina de una posesión colectiva que priva a cada uno de nosotros del derecho de cuestionar la idoneidad de su uso. Es evidente que los controles por los que debieran pasar las inversiones personales abanderadas por el uso del cargo no pueden estar en la individualidad de cada uno, sino en el arbitrio de quien esté facultado legalmente para ello. Pero no es menos cierto que el pueblo tiene el indiscutible derecho de conocer las excentricidades de los políticos, sean éstos del signo que sean, cuando está en sus manos invertir aquello que no es particularmente suyo, sino de todos. Y parece que no es ético, ni moral, ni incluso estético que en una época de crisis profunda como la nuestra, el ciudadano de a pie, con muchas dificultades para llegar a fin de mes, acuciado por deudas hipotecarias o créditos personales, tenga que escuchar cantidades tan exorbitantes como las de 480.000 euros gastados en un coche e incluso mayores aún; cifras que con rapidez ni siquiera pueden traducirse a las antiguas pesetas por estar muy lejanas a lo que manejamos según nuestro poder adquisitivo. Estamos de acuerdo que estar en la política tiene unos beneficios, como también conlleva unos riesgos, obligaciones y deberes que nos llegan a parecer muy bien compensados con el nivel de vida que vamos descubriendo en ellos. Todo lo cual, nos hacen entender el apego indescriptible que tienen al sillón que ostentan, a pesar de poner, a veces, tantas pegas a los cargos a los que se llega sin que nadie te obligue y en los que se permanece, igualmente, sin que nadie te fuerce. La situación se está haciendo tan generalizada que ya en nada se distinguen pobres y ricos. Porque aquellos que llegan al poder desde una posición generacionalmente elevada, van con sus costumbres bien arraigadas y saben muy bien donde está lo mejor y como rodearse de ello. Los que presumiblemente apelan a orígenes más humildes, de igual forma se acostumbran rápidamente a la opulencia, al saber pedir y al mejor estar. Unos porque lo conocían y disfrutaban en alguna medida y con rapidez les es sencillo subir peldaños en la escala del lujo; los otros porque si no lo disfrutaban en la misma medida, se acomodan a las bondades de la suntuosidad con la urgencia del que nunca lo ha tenido. En cualquier caso, todos sostienen el velo que extienden sobre esta particular forma de vida cuando se entra en política para presentar como normal lo que debería ser considerado como excesivo. Cabe preguntarnos si la pugna por llegar al poder sería la misma, tan enconada y tan monstruosa, si los sueldos que se barajasen para los altos cargos fuesen semejantes a lo que cada uno ganase en su vida ordinaria. Sin comisiones por favoritismos, sin sobres ocultos siempre silenciados, sin privilegios especiales salvo los que permitiesen un funcionamiento idóneo de las gestiones del cargo en cada momento, sin aviones privados que rescaten al político de turno de la avalancha de gente cuando sufre un ahogo, sin otros aditivos mayores más que los escuetamente ligados al funcionamiento de su gestión. Entonces, tal vez descubriríamos a aquel que verdaderamente quiere ayudar a su pueblo con sus ideas y su trabajo, al que pretende cambiar el curso de la historia con sus desvelos, al que lucha por sus ideas sin endiosarse en la cúpula del poder por encima de todo y de todos. Porque llegados a este punto, el pueblo, garante último de su legítima vigencia como mandatarios, no importa nada. Pero ese pueblo que todo lo perdona, cada vez más, es una entidad viva que sabe valorar y enjuiciar, que no está ciega, que compara y que no se calla. Encontrar alguien que sepa ajustarse a la realidad no es fácil. La acomodación es la mejor opción si en el rodillo todo queda dispuesto con el lujo que conlleva el despilfarro de lo que ellos dicen «que el pueblo no entiende». ¿Es acaso el pueblo tonto?. ¿Lo habrá sido para colocarlos a ellos en semejante posición privilegiada?. Cada vez se instala con mayor fuerza en la mente de todos, la idea de que entrar en política es sinónimo de comenzar a vivir muy bien. Cada vez es mayor la sensación que tenemos todos de que sentarse en el sillón del poder, por pequeño que este parezca a nuestros ojos, significa anclarse por mucho tiempo en él. Tampoco debería ser así. Es muy beneficioso que aquellos que llegan al poder demuestren de lo que son capaces durante el tiempo reglamentario, pero éste debería tener caducidad porque siempre es saludable la savia nueva, nuevos proyectos con mentes nuevas y sobre todo con ilusiones y entusiasmos vírgenes aún, sin que el brillo de los lujos anexos al día a día de su gestión se hagan una constante, tan asumida, tan normalizada en su dinámica cotidiana que les permita creerse lo que no son y para lo que no se les eligió. Llegar a decir que el pueblo no entiende los gastos a los que están «obligados» es una ofensa que degrada el legítimo derecho del pueblo a opinar desde la soberanía que le corresponde al delegar el absoluto poder que reside en él, en manos de quienes más tarde lo desprecia con comentarios semejantes. ¿Es que acaso nos han dejado tan abajo ya que no son capaces de recordar quienes tuvieron la inteligencia de ponerlos en el lugar en el que se encuentran?. No obstante, esperemos que ahora que al menos se habla de ello, comience a rasgarse el velo que todo lo cubre y cada vez se haga más usual controlar y pedir explicaciones ante este tipo de cosas. Que lo normal sea el control y no la ley del todo vale si se justifica y hay presupuesto, porque los dineros son muy escasos siempre y si debemos comprender esto cuando se trata de inversiones o apoyos sociales, ellos deben entenderlo, aún en mayor medida, cuando lo invierten en lujos excepcionales de los que pueden prescindir como cualquier mortal.

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