Diario de León

LA ASPILLERA | VICENTE PUEYO

Una responsabilidad global

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VICENTE PUEYO
León

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EL GOBIERNO debería repasar a Juan de Mairena, ese profesor apócrifo a través del cual hablaba el Antonio Machado filósofo del que, con más pena que gloria, se cumplen 30 años de su muerte. «...El hombre-masa no existe, las masas humanas son una invención de la burguesía, una degradación de la muchedumbre de hombres basada en una descalificación del hombre (...) Desconfiad del tópico de las masas humanas. Mucho cuidado. A las masas no las salva nadie. En cambio, siempre se podrá disparar sobre ellas...». Muy posiblemente Juan de Mairena retocaría su discurso si volviera a abrir los ojos en estos días cuando el individuo, y su dignidad -”que él defendía con esa honradez y utopía intelectual gestada en la Institución Libre de Enseñanza-”, están como escondidos, irreconocibles entre una masa informe y muy satisfecha de haberse conocido.

La crisis no es sólo una calamidad perversa. Tiene sus caras positivas como es esa toma de conciencia que nos habla de que, si de verdad queremos construir una sociedad nueva sobre nuevas bases, habrá que ir saliendo de esa trampa del hombre-masa, ser manipulable y explotable hasta extremos increíble s, pero también vago de pensamiento, amorfo y sin más objetivos inmediatos que un sofá y un gran hermano o una noria donde dar vueltas y vueltas a su propia indigencia.

En tiempos de horizontes inciertos suelen buscarse chivos expiatorios y así pasa en estos momentos de crisis económica y social (cerca de cuatro millones de parados y 300.000 personas que ya no reciben ni un euro de prestación por desempleo constituyen una crisis social en toda regla). Se cargan las tintas en los bancos y en las aviesas finanzas internacionales como si, de no ser por sus rapiñas y desmanes y su asombrosa capacidad de generar caos, hubiéramos podido seguir el camino feliz del consumo ilimitado, de los créditos y las deudas ilimitados e irracionales. Pero, sin que haya que mermar la responsabilidad de brokers y banqueros (la desconfianza en ellos es de las pocas cosas que van viento en popa últimamente), parece olvidarse, o dejarse en un segundo plano, esa otra responsabilidad global de la que muy pocos podemos escaparnos. ¿Acaso hemos renegado, o puesto en cuestión, los apetitos de crecimiento permanente de nuestras economías, esa voracidad que ahora sabemos que limita con palabras como «deflación»: persistente falta de demanda que desemboca en el derrumbe de la industria? ¿Acaso hemos hecho en las últimas décadas para aprender a vivir de otra manera, incluso mejor, consumiendo menos? A fuerza de inflar burbujas de aire nos hemos quedado sin resuello y hemos perdido de vista que el pastel de los recursos del planeta es limitado y debe ser repartido con equidad y justicia; la otra opción es el abismo: las proyecciones de la ONU señalan que en 2050 el planeta tendrá 9.100 millones de inquilinos... y todos con ganas de comer.

Lo peor de la crisis es esa insistencia, esa resignación en lo co nocido cuando la realidad es que los dogmas de los santones económicos están todos en en tredicho. Se echa de menos la ética heroica de la dignidad que pregonaba Juan de Mairena y que reclama en el fondo un mundo nuevo.

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