AL TRASLUZ | EDUARDO AGUIRRE
Rodrigo de Santiago
LA CONMEMORACIÓN del XXX aniversario de la Diputación de León me ha hecho añorar a ese caballero que fue Julio César Rodrigo de Santiago, el hombre de los cuatro nombres. Presidió la institución provincial desde 1979 a 1983. Poco antes de morir me honró con su presencia, que yo quise en primera fila, en la presentación de mi libro Columna sin pedestal . Cuando leí un articulín sobre la famosa patada a Díaz Villarig, se desternilló, no de la víctima, sino del disparatado agresor. Se me quedó en la retina su risa, que me hizo feliz, pues le sabía enfermo; pero el humor alivia, no cura. «Así fue, así fue», le repetía a mi mujer, sentada a su lado. Mantuvimos siempre trato cordial, sin compadreos, con el guiño añadido de que había conocido a mi padre. Tuvo sentido de la lealtad, virtud rara en política, pues el servilismo es otra cosa. Tras la apariencia de hombre altivo, espejismo propiciado por su gran altura, habitaba un ser accesible y socarrón, un político vocacional y racional. Los cargos, como la vida, pasan; en cambio, quienes creemos que la política es gestión y gesto, percibimos que el corazón de toda actividad pública es la persona concreta, que no debemos confundir con el personalismo. Fue más que sus cargos. Reconozco mi gratitud, y no sólo porque me quitara con preciso tajo de bisturí una verruga de la barbilla, que según él me afeaba, pues hizo lo que pudo, y lo demás ya hubiese sido milagro, sino porque, independientemente de las discrepancias ideológicas puntuales, fue uno de los políticos más inteligentes que ha tenido esta ciudad. Por ello, nunca olvidaré la imagen de aquella tarde: Julio César Rodrigo de Santiago riéndose, cuando la muerte ya le navegaba por los adentros. No siempre todo pasa. La risa permanece, como un gran eco.