Publicado por
MANOLO GARRIDO
León

Creado:

Actualizado:

PENSABAN los antiguos que cada lugar tenía su genio tutelar propio y lo llamaban así, genius loci , en latín, el genio del lugar. Nosotros tuvimos uno con nombre de flor griega, pues se llamaba Antonio. Fuera de toda tutela, era un hombre en verdad genial, pero del tipo más normal y cotidiano, según los matices derivados del antiguo loci , es decir, local, lugareño y localizable, para acabar en lugarteniente de ese mismo genio, ya no sólo en su pueblo, sino allá por donde andaba.

Cuentan los evangelios la extrañeza reticente de los paisanos de Jesús: «¿De dónde saca esas cosas, siendo de aquí como nosotros somos?». Las cosas de Pereira, hubiéramos dicho nosotros, en caso de preguntarnos algún despistado, con sonrisa discreta y cómplice. Pero tampoco hay que confundirse, porque tales cosas estaban tocadas de otro genio, el de la literatura, cuyo fruto es esa escritura que cultivó con afán de joyero miope y éxito de elegido por las musas.

Era hombre enemigo de toda envarada o pretenciosa solemnidad, dotado por el contrario de un espíritu burlón, jovial y un poco pícaro, para mofarse precisamente de la solemnidad. Pensemos, por ejemplo, en aquel gobernador civil en lucha resignada con sus tripas revueltas y Franco a una distancia peligrosa. En cierto modo, venía como predestinado por un apellido que ni pintado para factor de estación o revisor de tren de cercanías pueblerinas: «Pereira, deme un billete para Villadepalos». Tampoco hubiera desentonado en un probo funcionario de bata azul oscuro: «Por favor, Pereira, tráigame el expediente de los Ríos Impares». O finalmente en diálogo con su amigo don Ramón al atardecer por la alameda: «¿Qué sabe usted, Pereira, de las ciudades de Poniente?».

Un parroquiano tabernero se encara en un cuentito suyo con el poeta siempre en trance de inspiración y al amparo de Baco, tras alumbrar un largo verso, hermoso y huérfano como siempre de seguidores en la fila lírica. Imaginamos su propia voz en el suspiro del parroquiano: «Es un buen empiece, Pepín. Pero ahora qué». Es la pregunta que nosotros nos hacemos en este ahora tras su marcha allende el crepúsculo con su vendimia de palabras claras y significativas, según quería don Quijote. Y el caso es que había dejado hace tiempo un aviso a su estilo: «Cualquier día no vuelvo», pero entonces obviamos la advertencia con una sonrisa por las bellas cosas de Pereira, cuando en realidad se trataba de una amenaza que acaba de ejecutarse. Él mismo podría vernos ahora con la misma un poco estúpida cara de tontos que nos queda, cuando vamos por la calle y nos caga un pájaro.

Cargando contenidos...