CON VIENTO FRESCO | JOSÉ A. BALBOA DE PAZ

Los políticos son el problema

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JOSÉ A. BALBOA DE PAZ
León

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LA HISTORIA se analiza desde el presente, pero el presentismo frecuentemente no es sino una concepción bastarda de la historia, pues entiende ésta desde intereses particulares, o peor aún, partidistas. Hace unos días hemos celebrado la fiesta de la Comunidad reivindicando el espíritu comunero, que, según una de sus múltiples lecturas, sucumbió en los campos de Villalar a manos del centralismo e imperialismo de la nueva dinastía de los Austrias. Los comuneros son contemplados por los políticos y sus testaferros como la vanguardia de la modernidad, el progreso, el liberalismo y, si me apuran un poco, el socialismo. Lo cierto es que la guerra de las Comunidades fue un acontecimiento complejo, con muchos y a veces contradictorios intereses sociales y políticos, muchos de ellos claramente señoriales y feudales. Quizá esto sea lo que interese a algunos políticos.

Sostiene el presidente Herrera, nuevo comunero redivivo, que las Comunidades Autónomas no son hoy el problema, sino parte de la solución; yo afirmo, por el contrario, que los políticos son el problema y no la deriva autonómica no es la solución. Después de cuarenta años de un centralismo asfixiante, la constitución de 1978 abrió la esperanza de una España autonómica en la que una descentralización administrativa acercara la política a los problemas y necesidades reales de los ciudadanos. Así lo fue durante un primer momento, pero una fiebre contagiosa ha llevado a los políticos a posturas cada vez más extravagantes. Un cáncer de poder local infecta los órganos vitales del Estado. No se trata sólo de la pandemia de miles de políticos, decenas de miles de cargos públicos; sino de políticas insostenibles en la educación, la cultura, el trabajo, la sanidad, etcétera; políticas que malgastan y derrochan el dinero público.

Los políticos creen que el espejismo de una España moderna, con una economía boyante, ha sido consecuencia de sus políticas. Es cierto que un cierto grado de descentralización ha sido positiva y contribuyó a mejorar la calidad de vida de los españoles; pero se olvidan de que en buena parte la prosperidad de estos pasados años se basó en una inyección cuantiosa de dinero europeo, lo que posibilitó a su vez que la sociedad civil, que los ciudadanos diéramos rienda suelta a nuestros proyectos, a la enorme vitalidad encorsetada por aquel centralismo castrante. Durante años, a veces con problemas y tensiones, con especulación y rápidos enriquecimientos personales, hemos vivido todos una época de euforia económica y grandes cambios sociales. Pero estos cambios ocultaron políticas autonomistas insolidarias, aberrantes, que a algunos parecían inocuas y aceptables; pero que a la larga se han manifestado como nefastas para el conjunto de los españoles.

Ahora la crisis económica nos pone frente a una dolorosa realidad, con su secuela de paro y miedo al futuro, sobre todo las pensiones. Algunos se engañan queriendo ocultarla o mistificarla. Por ejemplo los sindicatos, que se niegan a toda reforma que suponga la pérdida de sus privilegios sindicales, pagados con dinero público; pero sobre todo los políticos que han hecho de la política no un servicio a la comunidad sino una forma fácil de vivir ostentosamente. La actual deriva autonomista, que vacía al Estado de competencias, no sólo es indefendible desde el punto de vista ideológico o político, es además insostenible. No podemos esperar a ningún cirujano de hierro que ponga orden en este creciente caos, son los políticos los que deben buscar las soluciones o tendremos que obligarlos con los votos en la mano.

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