TRIBUNA | PEDRO MENÉNDEZ MARTÍNEZ

Ética y capitalismo

Se ha acusado desde diversas tribunas al afán desmedido de enriquecimiento de algunas personas como origen último de la crisis; si es así, estamos ante una crisis en última instancia ética

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León

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EN ESTOS TIEMPOS convulsos los titulares de prensa nos están haciendo reflexionar sobre ciertos aspectos de la actividad económica que, como espectadores, nos producen preocupación.

Los medios de comunicación nos llevan hasta la sala de estar de nuestros hogares actitudes reprobables en personas e instituciones que, hasta este momento, gozaban de toda nuestra credibilidad. Grandes compañías, a veces centenarias, han desaparecido del panorama económico en medio de sonoros escándalos, algunos directivos reciben compensaciones astronómicas (en algunos casos sin acreditar mérito alguno en su gestión), salen a la luz sobornos, estafas de grandes proporciones, etcétera. Todo este estado de cosas ha derivado en una contestación social que no sólo ha llevado a ciudadanos en otros países a unirse de forma espontánea para denunciar estos hechos sino que, también, han propiciado que algunos estados hayan tomado iniciativas legislativas para evitar ciertas actuaciones.

Esta situación ha derivado en la acuñación del término «refundación del capitalismo» uno de cuyos componentes principales es la necesidad de dotar al capitalismo de un nuevo «ethos».

Como ocurre casi siempre, no es necesario que hagamos un gran esfuerzo mental en elaborar un nuevo cuerpo teórico acerca de cómo se han de hacer las cosas en economía, sino que los clásicos ya hace tiempo que lo han descubierto. Este artículo trata de acercar al lector uno de estos textos, seguramente uno de los más importantes, se trata de un libro escrito hace más de 100 años por el economista y filósofo alemán Max Webber, cuya edición en castellano se titula «La ética protestante y el espíritu del capitalismo». En este libro el autor hace una inteligente y muy documentada exposición de la influencia de ciertos ideales religiosos (especialmente en el caso de algunas confesiones protestantes como el calvinismo) en la formación de una «mentalidad económica». No voy a entrar en este «campo minado» de la relación capitalismo-religión (aunque nos perdemos pasajes tan jugosos como el siguiente que reproduzco literalmente: «En los países Bajos se declaró por el sínodo subholandés de 1574, contestando a una pregunta, que los prestamistas, aun cuando ejercen legalmente su negocio, no deben ser admitidos a la comunión; el sínodo provincial de Deventer de 1598 extendió -"art. 24-" esta prohibición a los empleados de los banqueros, y el sínodo de Gorichem de 1606 determinó las condiciones, duras y humillantes, bajo las que podía admitirse a las mujeres de los usureros... »).

En la primera parte del libro, Max Webber se apoya en textos de Benjamín Franklin para dejarnos sentencias tan rotundas como ésta: «En efecto: aquella idea peculiar... del deber profesional, de una obligación que debe sentir el individuo y siente de hecho ante el contenido de su actividad profesional , consista ésta en lo que quiera..., esa idea, decimos, es la más característica de la ética social de la civilización capitalista, ...El orden económico capitalista actual es como un cosmos extraordinario en el que el individuo nace y al que, al menos en cuanto individuo, le es dado un edificio prácticamente irreformable, en el que ha de vivir y al que impone las normas de su comportamiento económico... El empresario que de modo permanente actúa contra estas normas, es eliminado indefectiblemente de la lucha económica; del mismo modo, el trabajador que no sabe o no puede adaptarse a ellas, se encuentra arrojado a la calle... Precisamente este universal dominio de la falta más absoluta de escrúpulos cuando se trata de imponer el propio interés en la ganancia de dinero, es una característica peculiar de aquellos países cuyo desenvolvimiento burgués capitalista aparece retrasado por relación a la medida de la evolución del capitalismo en Occidente».

Más adelante Max Webber indica: «El tipo ideal de empresario capitalista... nada tiene que ver con ese tipo vulgar o afinado de ricachón. Aquél, aborrece la ostentación, el lujo inútil y el goce consciente de su poder; le repugna aceptar signos externos del respeto social de que disfruta, porque le son incómodos... Nada de su riqueza lo tiene para su persona; sólo posee el sentimiento irracional de cumplir buenamente en su profesión».

Max Webber termina su libro con el siguiente y clarividente párrafo: «En el país donde tuvo mayor arraigo, los Estados Unidos de América, el afán de lucro, ya hoy exento de su sentido ético-religioso, propende a asociarse con pasiones puramente agonales, que muy a menudo le dan un carácter en todo semejante al de un deporte».

En fin, como indica Max Webber, la preocupación por la riqueza ha pasado de ser un manto sutil que en cualquier momento puede arrojarse al suelo a trocarse en un férreo estuche y el estuche ha quedado vacío de espíritu.

¿Reconocemos este comportamiento ético en algunos de los últimos protagonistas de las páginas salmón de la prensa? Seguramente no. ¿Están las organizaciones dirigidas por los más éticos y capaces? Seguramente tampoco en muchos casos. En el moderno capitalismo, en el que las decisiones en las organizaciones han pasado de las manos de los propietarios (accionistas) a las de los directivos se forman sistemas que no tienen características centrípetas (integradoras de todos sus componentes) sino centrífugas (los confines del sistema están plagados de elementos críticos porque para el sistema la discrepancia es muy, muy incómoda).

Se ha acusado desde diversas tribunas al afán desmedido de enriquecimiento de algunas personas como origen último de la crisis; si es así, estamos ante una crisis en última instancia ética. Por tanto es necesario, como hemos visto, que los individuos, todos los individuos que desarrollan una actividad económica estén dotados de un sustrato ético sobre el que ejercer su actividad de forma armónica.

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La enseñanza ya se nos transmitió claramente y en algún momento en estos últimos 100 años parece que la hemos olvidado.