BURRO AMENAZADO | PANCHO PURROY
Serpientes masajistas
LA MODA de relajarse con un buen masaje está en auge, sea mediante manos desnudas que soban piel, músculos y articulaciones o con ayuda de aceites, resinas, perfumes, algas, chocolate, vino o barros de diferentes manantiales y marismas. No digamos la molicie derivada de los llamados masajes sexuales, realizados por variados gigolós, sacerdotisas del amor y suripantas, anunciados en las páginas rosas.
Los ofidios siempre atraen y repelen a la vez, conducta motivada por el contraste entre los tremendos venenos que algunos crótalos, mambas y víboras pueden inocular con sus colmillos, y lo inocuo de la mayoría de las especies, caso de nuestras culebras lisas y de agua, muchas veces perseguidas sin culpa.
Un buen detalle es que una serpiente, en particular la culebra de Esculapio, ofidio constrictor que vive en la España húmeda, es el símbolo de la medicina, en una extraña metáfora de que el mismo animal capaz de matar puede también curar.
A la moda de balnearios y lugares de hidroterapia, se suman ahora los establecimientos que ofertan serpientes masajistas. Ya dijo la Biblia que el paso del hombre sobre la mujer es como el de la serpiente por la hierba, que no deja huella. Los rasgos de una masaje provocado por la locomoción culebrina son el frío, la sequedad y la blandura.
Para incrementar las sensaciones, el masaje reúne la presencia de ofidios grandes y pequeños.
Los primeros, con especies como la pitón, la boa y la culebra de escalera, ocasionan intensas caricias como si un cordón de suaves anillos rodara sobre tu anatomía, en un cosquilleo lento y sostenido.
Entre las serpientes pequeñas las más utilizadas son las lisas y las de cristal, del grosor de una pluma estilográfica, que completan el masaje con acciones de hormigueo y efecto de erección del vello. Según un amigo participante en el evento, parece como si los dedos de una bruja recorriesen tu cuerpo. La sensación de paz tras el paso de la caravana de serpientes es total.