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MARÍA J. MUÑIZ
León

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RESULTÓ SER que anoche, al parecer, la única fiebre que padecieron los soldados atrincherados en El Ferral como en los mejores tiempos fue la del fútbol. Antes incluso de saberse que los casos dudosos padecían gripe vulgar, y no la que desata las polémicas, había actividad febril también en el acuartelamiento para acondicionar una sala suficiente como para que ningún militar, con achís o sin él, se quedara sin ver el partido.

Y es que las cosas que importan son las que importan. Y ayer importaban las explicaciones de las ministras, los rifirrafes del presidente y el líder de la oposición, los asuntos de Garzón,... Pero menos. Importaba sobre todo el fútbol. Corrieron las porras en los trabajos, en los bares, en las pandillas de amigos,... Fueron azulgranas los informativos, los chascarrillos, las colas del pan.

Hace tiempo que las agendas estaban organizadas para llegar a tiempo a plantar el pandero en el sofá antes de que sonaran los himnos. Sólo algún merengue rezungón intentaba chatear por los bares con aparente normalidad. Pocos, porque la mayoría estaban pegados a la pantalla: unos para disfrutar del fútbol, otros para ver si podían saborear el triunfo menor de ver perder al histórico adversario.

El caso es que quien más quien menos se vio ayer contagiado por la fiebre del fútbol, cuyos efectos se dejan notar hoy todavía con fuerza. Es imposible abstraerse de acontecimientos como esta final de Champions, por más que uno se lo proponga. Hay cuestiones que arrasan y se cuelan por los rincones de la vida diaria, acaparando conversaciones. ¿Que no son las trascendentes? Quién sabe. Son las que mueven masas. Últimamente, las únicas que mueven masas.

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