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Se anuncia la gran catástrofe
Cuando decimos «la gran catástrofe», debe entenderse que nos queremos referir a la que nos acosa, nos oprime y día tras día nos anuncia la gran caída. Y si nos ponemos día tras día a los pies de la Virgen del Camino es porque ya hemos perdido la confianza en la confianza, como decía el político conservador que iba para republicano y estamos a punto de perder la fe. «Ten fe, le decía Jesús a Juan el discípulo amado, escuchando su llamada de mísero andante por las aguas de Cafarnaun, ten fe, le repetía de contínuo, pero anda por las piedras». Y el apóstol con el alma en muchos pero muy complicados hilos seguía los consejos del Maestro y caminaba por encima de las piedras. Y las aguas respetaban aquella demostración de fe y de esperanza. En España, estamos a punto de perder la fe, la caridad y la capacidad de recuperación, andando por las piedras. Y nos hundimos. Y nos ahogamos, pese a las palabras anunciadoras de la verdad, empeñados en caminar sobre las aguas. El Banco de España, que es algo así como el vigilante mayor del patrimonio nacional, advirtió, no una sino varias veces, observando la torpeza con la que los responsables de la nación seguían caminando por encima de las aguas, desdeñando la seguridad de las piedras. Y para que no se hundiera la Caja de Ahorros de Castilla-La Mancha, que efectivamente como el Juan lloroso y lastimero pedía socorro, se apresuró a llamar a las fuerzas económicas superiores y se apresuró a empujar a los navegantes financieros por encima de las piedras, cuando ya sonaban las campanas de alarma general. Dicen los papeles que por esta vez, hemos conseguido librar a esta entidad hermana y herida de muerte de morir de mala manera y se apresuró a arbitrar un brazado de millones, sacados, nadie sabe de dónde. Y sacó del lago chorreando al arriesgado apóstol en el trance supremo de morir. Y no es lo malo, con serlo y muy notable, que el encargado de la custodia de los dineros depositados por los humildes ahorradores, se fueran a la mar, sino que un centenar o más de depositantes de los ahorros de su vida, se vieron y se sintieron víctimas de la desidia, de la incapacidad y de la malversación de quienes habían alcanzado el puesto de responsabilidad y se habían comprometido a salvar a los incautos, en supervivientes por la gracia de la ciencia, de la sabiduría y del buen oficio. Pero la señal estaba dada. La Caja de Castilla-La Mancha había dado la señal y no parecía que aquel grito demandando ayuda fuera emitido, ni por otra parte fuera tenido en cuenta. ¡Estamos en peligro, señores de la Sala y del Gobierno, precisamente los que desde siempre hemos vivido en peligro pero ello no es obstáculo para que quienes tienen en sus manos los argumentos y los medios para salvarnos del Gran Naufragio, no exijamos, con lágrimas de sangre incluso, que ya que no han sido —no son—, capaces de ponernos a salvo mediante sus conocimientos y experiencias, al menos pongan las piedras sobre las aguas para que la Sociedad amenazada pueda salvarse, andando por ellas. Se supone que los impositores de sus ahorros conseguirán al final respirar, pero la prueba ha sido muy dura y hace temblar la indiferencia o la manipulación técnica de que se vale el Maestro para que sus discípulos no acaben comidos por los tiburones.