Tribuna | JOSÉ MANUEL GONZÁLEZ TORGA
Laureano Díez Canseco, leonés de calle sin fronteras
Hay quien, con memoria selectiva, se acordó de Laureano Díez Canseco (1860-1930) para solicitar que eliminasen la calle rotulada con su nombre en la capital leonesa. Ni siquiera resulta original la iniciativa porque, en 1961, estuvo en un tris de verse desahuciado del callejero para dar cabida nada menos que al Cardenal Cisneros.
Es curioso que, en momentos políticos tan diferenciados, surjan reacciones tan similares, para borrar el recuerdo de un sabio bohemio, cuyo prestigio intelectual anduvo siempre unido al nombre de León, donde había nacido.
La significación política de Díez-Canseco Berjón fue limitada. Efectivamente, durante la dictadura del general Primo de Rivera, cuando el discípulo de Canseco, Eduardo Callejo de la Cuesta, desempeña la cartera de Instrucción Pública, el maestro forma parte de la Asamblea Nacional Consultiva. Su dedicación prioritaria miraba hacia el profesorado universitario.
¿Cómo dar a ese hecho una entidad descalificadora cuando, nada menos que un dirigente del PSOE, como Francisco Largo Caballero, fue Consejero de Estado en la etapa primorriverista? Cosa que no le impidió llegar a ministro y a presidente del Gobierno en la II República.
Sobre la consideración hacia Laureano Díez Canseco abundan los testimonios admirativos. Claudio Sánchez-Albornoz reconocía su influjo: «Ese maestrazgo especial de L. Díez Canseco, que rebasaba las fronteras de la Universidad para prolongarse en la charla perpetua que alumbraban las sales de su ingenio».
Ramón Carande de vuelta de contradictorias singladuras políticas, abre el capítulo que dedica a nuestro paisano, en Galería de raros (Madrid, 1982), con este párrafo: «Durante los años de mi colaboración en el Anuario de Historia del Derecho español tuve ocasiones, no desperdiciadas, de escuchar a este maestro doctísimo y conversador luminoso».
Para Pedro Sainz Rodríguez, episódico ministro de Franco, luego exiliado largos años en Portugal, aquel leonés singular era «un conocedor profundo de la cultura y la filosofía alemana de su tiempo; el español más enterado de estos temas, superando probablemente la información que pudiera tener el propio Ortega y Gasset» ( Semblanzas , Barcelona, 1988). Don Laureano estudió y disertó en Alemania. Era un intelectual sin fronteras. De elocuencia sorprendente en el aula, en la tertulia y en la calle.
La «Necrología de Canseco» (Málaga, 1967) es obra de su discípulo Blas Ramos, catedrático de Derecho Natural, disciplina por la que pasó Don Laureano, antes de recalar, asimismo como cátedro en Historia del Derecho. Pues Blas Ramos, de ideología marxista y trasterrado a Francia, escribe aquel libro obituario sobre su maestro, que aparece publicado con prólogo del poeta Jorge Guillén, poco dudoso en cuanto a la limpieza de sangre política. Guillén, en ese texto introductorio reitera, en dos frases diferentes, algo bien categórico: «el socrático Don Laureano». Jorge Guillén también aventura otra expresión comparativa para esbozar el perfil de su amigo Blas Ramos, Ramitos: «aquel posible Trotsky español».
En la Universidad de León pervive la herencia del maestro y paisano, a juzgar por el título, editado en 1995, El pensamiento filosófico-jurídico de Laureano Díez Canseco y su escuela , debido a Concepción Gimeno, Ana Marcos del Cano y Salvador Rus.
Por testimonio directo, muy próximo para mí, de un exalumno de Canseco en la Universidad de Madrid, supe, tiempo ha, cómo al maestro se le podía olvidar la fecha del examen de su asignatura y un grupo de discípulos iban a recordárselo al café donde leía algún libro, ante la última cerveza, flanqueada por lo fieltros superpuestos que permitían cobrar las consumidas. También en Centroeuropa, célebres profesores de Física y de otras materias, prolongaban, en cervecerías, sus coloquios didácticos con los alumnos más interesados.
La revisión iconoclasta podría aspirar a borrar el nombre de Díez Canseco de la Enciclopedia de León y hasta de la Enciclopedia Espasa . Publicó poco más que sus estudios sobre Fueros de León; pero su magisterio oral significó una siembra fértil. Considerado profesor de profesores, estaba al día sobre el funcionamiento de las universidades europeas, estadounidenses y hasta de las japonesas.
¿Cuenta León con una sucesión de intelectuales que permita prescindir de un humanista que fue querido y respetado en toda España y más allá de nuestras fronteras? Cualquier zurriburri puede desearle una cicuta metafórica al leonés socrático cuando ya va a hacer ochenta años que murió. A un personaje modesto como Don Laureano le dejaría impávido esa decisión cerril. Desterrar a un valor cultural propio nos debe importar a los leoneses. En Valladolid, en Madrid, y hasta en Berlín, podrían pedir una calle a su nombre.