Las otras vacaciones
Crémer contra Crémer
Era ya por entonces un hombre hecho y derecho, que se afeitaba los sábados y acudía a su trabajo, en alguno de los talleres tipográficos de la nómina laboral de la Ciudad, con absoluta puntualidad para el mejor cumplimiento de su compromiso como obrero consciente y puntual.
Ya se había conseguido, al cabo de muchos movimientos sociales, la jornada de ocho horas y el salario establecido por el uso y la mala costumbre.
Como oficial que ya era y lo demostraba, ganaba o mejor dicho me atribuían un jornal de seis pesetas diarias y ésta ya era cantidad suficiente para ir pensando en casarse por la iglesia, como mandaba el catecismo y el cura de la parroquia.
Pese a que la nómina social y un tanto y un cuanto politizada, el jornalillo no daba para el mejor cumplimiento de mis afanes sentimentales y pensar en el matrimonio amparado en el jornal de las seis pesetas de calderilla parecía una locura. Andaba ya además por entonces comprometido, como miembro de la Unión General de Trabajadores, Sección de la Confederación Nacional Gráfica, cuando en un arrebato sindical nos dio por declarar una huelga para intentar que la patronal atendiera las páginas reivindicativas que nos parecían de ley.
Se armó la de Dios es Cristo. Y fuimos a la huelga, con entusiasmo sindical y con espíritu de sacrificio, poniendo en la mesa de reivindicaciones el índice de revisiones salariales que demandábamos.
De salida, el índice reivindicativo se limitaba a que se nos concediera un plazo vacacional anual, de seis días, y un aumento de salario que no alcanzaba a los cincuenta céntimos de peseta. Los avezados de la patronal se declararon enemigos de tan desaforada relación económica, porque entendían que la sola mención de un sueldo tan elevado suponía un motivo de ruina segura para la Rama.
Y naturalmente se negaron a discutir la proposición sindical y cerraron la industria, intentando cubrir el espacio bélico del obrerismo mediante la contratación de operarios de menor exigencia, procedentes de distintos lugares de la geografía inmediata. Y el señor gobernador civil, al cabo de tres meses de desencuentros entre las clases en lucha, invitaron a los obrerillos de chicha y nabo a que cesaran en el movimiento huelguístico porque suponía, de hecho y de derecho, una subversión ilegal y penal.
Y así pasaron los meses y, como donde no hay harina todo es mohína, cedieron los peor dotados y con la intervención de la Guardia Vivil se acabó la cuestión.
Fue un capítulo interesante de la memoria histórica de León y se escribieron improvisaciones en la carcelona de Santa Marina.
La solución del pleito fue como de costumbre el que impusieran las fuerzas vivas y firmamos la paz de los valientes hambrientos, por unas vacaciones de ocho días y un aumento o jornal de no más de seis pesetillas de cobre para la oficialidad.
Fue una derrota gloriosa. Que se recuerda con dolor, sobre todo cuando estamos en condiciones de registrar no solamente la duración de las vacaciones que se aplican los señores del mando, sino la astronómica diferencia entre las seis pesetillas del oficialete y los millones que «afanan» los insaciables miembros del Estado de crisis.