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León

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Con viento fresco josé a. Balboa de paz

Durante siglos la enseñanza de niñ os y jóvenes se encomendaba a profesores privados, lo que significa que los sectores populares generalmente estaban excluidos de ella. Desde la edad moderna, en España existieron Escuelas de Primeras Letras para la enseñanza elemental, y Escuelas de Latinidad o de Gramática como enseñanza media. En general, con alguna excepción, estas escuelas eran privadas, aunque algunos concejos y ayuntamientos colaboraron a su sostenimiento. A veces, en mandas testamentarias, hombres ilustrados, sobre todo sacerdotes buenos y altruistas, dejaban bienes con los que dotar a sus vecinos con escuelas y maestros. Habitualmente, el tiempo dedicado a esos menesteres era poco, la calidad de los maestros baja y los resultados escolares, con alguna salvedad, pobres. Los gobiernos ilustrados reconocieron la importancia de la educación, dictaron algunas leyes, pero pusieron pocos medios materiales para llevarla a cabo.

La política educativa de los gobiernos liberales fue más firme en sus principios, pues intuían el valor de la misma para la formación de buenos ciudadanos. Se aprobaron muchas leyes y buenos proyectos, como el Plan Moyano, pero tampoco dedicaron muchos recursos. En las capitales de provincia se erigieron institutos de Enseñanza Media a los que concurrían los hijos de los sectores acomodados, pero la educación primaria quedó al albur de los ayuntamientos. Las diferencias en la cantidad y la calidad de las escuelas, recursos y maestros fue enorme, constituyendo uno de los mayores lastres de la España del ochocientos. Todos los regeneracionistas, desde el conde de Romanones hasta la dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República y el franquismo pusieron un gran empeño en nacionalizar toda la enseñanza y convertir a los maestros y profesores en funcionarios públicos.

Desde la democracia, la política autonómica ha ido quebrando aquella nacionalización, al transferir todas las competencias educativas a las comunidades autónomas Desde entonces los problemas no han hecho más que acumularse y agrandarse. Diferencias en los planes de estudio, persecución del castellano como lengua común en algunas comunidades, imposición de las lenguas vernáculas, desigualdades retributivas, fracaso escolar.

La última escena de esta tragicomedia burda la ha escrito el Ayuntamiento del León, que la semana pasada aprobaba una moción presentada por el leonesista Abel Pardo, en la que se pedía el traspaso de competencias en materia educativa desde la educación infantil hasta la Universidad. El esperpento ridículo, papanatismo idiota y localismo inane alcanza grados de verdadera locura paroxística. Todo un siglo de luchas para conseguir una educación general común a todos los españoles, con un profesorado de igual nivel y titulación, se quieren echar por la borda de un plumazo.

Lo más increíble no es que un iluminado como Abel Pardo -el de las bablescolas-presente una moción que retrotrae la educación a situaciones de desigualdad inadmisibles en nuestro tiempo, es que el PSOE de León la apruebe y la justifique, y los concejales del PP, aunque la critiquen, se abstengan. El PSOE que, en la Comunidad, pone el grito en el cielo, con razón, porque la Junta pretende traspasar la competencia de la educación infantil a los ayuntamientos, en León no sólo quiere esa competencia sino gestionar toda la educación.

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La Junta, gobernada por el Partido Popular, parece no haberse dado cuenta de a dónde conducen determinadas políticas. Podría mirar hacia Galicia, cuyo gobierno, también del PP, acaba de cambiar el nombre a las 477 «galescolas», manipuladas por los nacionalistas, por el de «escuelas infantiles», que ahora serán gestionadas por la Consejería de Educación. Decisiones como ésta explican la caída en picado del PSOE en León y la estulticia generalizada de los políticos que soportamos.