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Ilia Galán. Madrid
León

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Como un barco lleno de agujeros y en donde se pelea la tripulación parece el Estado español, disolviéndose con sus propias tensiones, con las luchas entre sus regiones, las contradicciones de sus leyes. Como buitres que se acercan a un cuerpo exhausto harto de caminar por los desiertos del alma, así se acercan por millares las bandas de asesinos y delincuentes de todo el mundo para devorar nuestros despojos. Un tercio de las bandas rumanas que asolan con sus crímenes los países donde se han aposentado, cual siniestra bandada de cuervos, está en España porque ven aquí el paraíso para el crimen. En un lugar donde la ley permite salir de la cárcel después de tres años de matar a una persona, de violar, de robar sin límite, los riesgos de las empresas criminales -las únicas que ahora prosperan- son mínimos. Mientras, el Gobierno legisla sobre cómo matar mejor a los niños todavía no nacidos, sobre el sexo de los ángeles con leyes supuestamente igualitarias. En unas tierras en que uno puede ser condenado a prisión por un trámite burocrático: olvidar renovar un carné, como el de conducir, lo mismo que por ir más rápido de lo establecido en una solitaria carretera en nuestras vacías y tórridas estepas, por hablar mal del Rey o por opinar, torpemente, sobre el holocausto judío, mientras se dice que tenemos libertad de expresión, no hallamos sino un absurdo legislativo. El sistema judicial es un desastre, como las leyes. Buena parte de los detenidos son de importación y estos se unirán a los que vayan perdiendo el próximo año su trabajo y su casa sin encontrar salida a sus vidas. La Unión Europea se queja de que más de la mitad de los parados en su territorio es española. España iba a entrar en una grave crisis, al margen de la que vino de América, porque su sistema productivo era hueco, basado en la especulación. El maremoto americano precipitó la recesión nuestra, engendrada por años de inoperancia política, y pareció ocultar nuestras culpas. Pero el cadáver putrefacto de nuestra sociedad, inmoral, descompuesta, arrojada hasta hace poco a la vida de los placeres, lejos de todo deber, hiede, inmerso en alcohol, como nuestros adolescentes, que se emborrachan y drogan más que nunca pensando que no hay futuro. O se remedian las causas y logramos su resurrección o veremos cómo los gusanos roen cada parte de lo que fuimos o quisimos ser, mirando hacia atrás.

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