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León

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Mar de fondo | carmen tapia

Lewis Carroll visualizó un mundo extraño en Alicia en el País de las Maravillas . Recuerdo casi milimétricamente la emoción fantástica que me produjo la lectura de este libro que describía un mundo irreal, imposible y disparatado. O al menos eso pensaba yo cuando tenía trece años porque algunos de sus pasajes se me antojaban irreproducibles en la vida real. Sin embargo, con los años, se me han hecho cercanos esos seres que confunden a la pequeña, curiosa y preguntona, que toma líquidos que hacen que cambie de tamaño. Es una historia única de una niña que tras atravesar una pequeña puerta accede a un mundo extraño donde conoce al conejo blanco, a la tortuga artificial, al sombrero y naipes que son soldados y no saben nadar. Este es el pasaje del libro que recordé, por imposible, cuando leí ayer un titular en una noticia publicada en este periódico en la página de Astorga. Soldados harán cursos de natación, encabezaba la noticia. ¿Qué los soldados no saben nadar? Si necesitan atravesar un río caudaloso ¿cómo lograrán su objetivo? ¿no tienen que pasar los candidatos unas pruebas físicas que demuestren su preparación para el trabajo que desempeñan? ¿de qué sirve que sepan desfilar perfectamente alineados si no son capaces de desenvolverse en el medio acuático, mucho más útil profesionalmente? Como los bancos en tiempos de crisis, no dí crédito al comprobar que la iniciativa fue propuesta por el personal del acuartelamiento al conocer que el 10% de los soldados no optaba por la prueba de natación en los ejercicios físicos que deben superar. Recuerdo que al leer la historia de Carroll en la que desvelaba que los soldados naipes no sabían nadar pensé que no había nada más absurdo que un soldado de cartón y que era normal que no supiesen nadar, pero luego comparé la imagen con los barcos de papel flotando dignos al lanzarlos a la fuente. Carroll tenía razón una vez más. Lo irreal está a este lado del espejo.

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