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VICTORIANO CRÉMER
León

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Crémer contra Crémer

Lo escuché al paso alegre de la paz, en la cantina de mis preferencias, a donde acudo al comenzar el día de laboreo y me dedico a contemplar el paso de los vecinos afanosos. Decía uno de los dialogantes: «Es una jaula de grillos». Se refería al Ayuntamiento, a la Corporación leonesa fundamental, y confieso que el calificativo, aunque en el fondo aceptara la intención del charlista madrugador, me dolió bastante.

Y no por otra razón que por la de que desde mi más tierna infancia, (que se remonta a cuando todavía se mencionaba el Puente de la Estación para quienes no estuvieran a gusto en León sino porque desde muy niño y muy respetuoso con los mayores me enseñaron a reconocer la importancia que los Organismos, las Asociaciones, más o menos pías, los militares hasta los soldaditos rasos, los frailes, las monjas, y no digamos los magistrados y los canónigos...

Bueno, pues mis padres y mis maestros y los vecinos y los patrones de mis sudores, constituían para mí motivo de atención, de expectación y de admiración. Y no digo que de gratitud, porque también me habían enseñado a conocer la inutilidad de algunos cargos. Lo cierto, pues, lo evidente y lo que todavía forma parte de la cáscara amarga de mi ser, es que a mí el Ayuntamiento me cae bien. Y le admiro incluso cuando me imputase tasas que agobian mi parva economía.

De ahí que cuando advierto que los concejales y hasta los alcaldes y representaciones más significativas se tiran a la greña y así que se les tuerce el curso se pueden lanzar sobre el compadre político y despellejarle, sospecho y temo que algo grave está sucediendo y que la tormenta municipal puede acabar generando una catástrofe bíblica.

Por si León, como Santas Martas, tiene o no tiene tranvía se enzarzaron los Cayones y las Guadas en una controversia que obligó a los poderes o mandos supremos a tomar medidas.

Y cuando un Organismo oficial o eclesiástico y peor si es militar, se enfrenta a un contradictor, aunque sea del mismo color, puede ocurrir lo más temible: Que se declare la guerra de las hormigas luchadoras o también conocidas por hormigones soldados y se produzca el desbarajuste funcional de la Casa.

Y es entonces, y no cuando se nos avisa de las contradicciones de la política europea, es entonces, digo, cuando la Ciudad comienza a gemir, a dolerse y a desear fervientemente que algún otro poder superior intervenga y ponga en la puta calle a los batalladores o batalladoras, miembros y miembras de la Casa de la Poridad. Que es el estado actual de la Corporación. Tanto si consiguen la instalación de las vías del tranvía como si, considerando que el Ayuntamiento está más trampeado que un obrero en paro.

Y sométase a examen, a juicio, a esta Corporación y sepárese la paja del grano, si se diera.

La verdad es que en la Ciudad nos e le tiene demasiado respeto al Municipio, teniendo en cuenta que cuando no riñen por el agua riñen por el vino y cuando los unos van a misa los otros se abstienen.

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Y no. El Concejo es un instrumento político comprometido con la honestidad de la función y cuando se declara el estado de emergencia como ahora, lo correcto es disolverlo y buscar otro mejor. ¡Que les hay!... ¡Vaya si les hay!