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León

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Contracorriente miguel paz cabanas

Hay algo que, de una vez por todas, deberíamos asumir respecto al terrorismo vasco en este país: no van a cesar de asesinar y extorsionar al resto de la sociedad, así quede una cucaracha encapuchada y armada bebiendo txupitos en algún batxoki de la gran patria fascisto-rural de Sabino Arana. No lo harán, por muchos discursos más o menos solemnes, emotivos y épicos que esgriman las autoridades, no sólo porque les da igual, sino porque, básicamente, en lo que a difusión de sus salvajadas se refiere, esos alegatos no dejan de ser para ellos un estímulo y una constatación de que van por donde quieren ir. El mal está tan enraizado y sutilmente apoyado entre una buena parte de sus coetáneos -por afinidad, coacción o insensibilidad-¦ lean sino las declaraciones de cierto político peneuvista diciendo desvergonzadamente que la viuda de Eduardo Puelles estaba drogada-, que lo único factible sería llevar en avión y en primera clase a la mitad de la población vasca a una isla con muchos cocoteros (a ver si por una vez, dejan de pensar en las nueces) y que se dedicaran allí a montar su paraíso divino-albanés en la tierra mientras tocan el txistu. Como tal cosa no es posible y no estaría bien, lo que queda es seguir dando caña policial, rezar porque los intelectuales y jueces de turno no se anden con paños calientes cada vez que se les quiera dar otra vuelta de tuerca -siempre desde criterios democráticos- y, dicho esto, aunque sea con resignación y amargura, hacerse a la idea de que esto es un mal como las tempestades, las erupciones volcánicas y los accidentes de tráfico. A los perros rabiosos, si te atacan directamente a la yugular, se les pega un tiro, y si se puede evitarlo, pues se les encierra en la jaula más mohosa de la perrera. Todo lo demás, especialmente las declaraciones de los políticos, no digo que sobren, pero fatigan. Así de simple.

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