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VICTORIANO CRÉMER
León

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El legado (3)

Al final se puso de manifiesto lo que sucede siempre que se enfrentan los unos con los otros: que mientras que los unos alardean de haber vencido en la contienda para el dominio de la ínsula, los otros, o sea los que no alcanzaron ese privilegio, dedicaron su ingenio y su capacidad de recuperación al ejercicio de justificar, no porque hayan podido perder, sino porque se atribuye el rival la victoria. Se presentaba la pugna política para la ocupación de estrados y sillones, más que como una representación europeísta, como una prolongación, un tanto aldeana, de la pelea cainita de la invasión del poder. Siempre que se habla de política hay que recordar la esencia de la misma que no es sino el poder. Y esta vez lo que nos jugábamos los unos y los otros -”más los otros que los unos-” no era ocupar un lugar en la composición de la Institución europea, desde la cual se nos pudiera dar la parte de dominio y de felicidad democrática a la que aspiramos. Necesitábamos, sí, vencer en Estrasburgo o en donde Europa determinara su acción, pero más que ese triunfo para el diploma los países concurrentes a las urnas en el fondo preferían el poder local, nacional, directo y seguro. Y eso es lo que se jugaba y se perseguía en esta novena. Y para ello se montaban los más fabulosos centros de información y de coacción, hasta lograr no el convencimiento racional sino la seducción política de los militantes y de los extraños. Al final de la contienda, que fue dura y confusa, ganaron al parecer los más y los mejores. Y mientras los victoriosos montaron el consabido tiberio de proclamaciones, los derroteros se empeñaron en buscar las causas de su derrota en movimientos tortuosos y en apariciones en escena en la que nadie pensaba. Y mientras sucedía que los consabidos vencedores alardeaban de su capacidad, de su generosidad y de su preparación y disposición para gobernar, ofreciendo fastuosos planes para el dominio de la crisis, los desdeñados por los dioses se ofrecieron para futuros encuentros de parecida índole a la que predominó en el ejercicio electoral europeo.

Nunca se sabrá si ganaron los mejores, pero sí cabe asegurar que todos los ciudadanos disponen de un repertorio de información sobre el por qué no ganaron los unos y se alzaron con la victoria quienes no figuraban en las listas elaboradas a mano en los castros oficiales: Demasiado amiguismo. Excesiva confianza. Y lo que al final resulta más lesivo, vanidad política. A alguno de los principales protagonistas de la representación les perdió el orgullo y la torpe creencia de que sus disposiciones suponían el triunfo inevitable. Pero esto todavía no ha terminado. Porque desde la Europa de la demanda se planifican estrategias para el campo en el cual se dirime la contienda. Queda agazapado en la casa familiar, allí donde se pierden y se ganan de verdad las peleas, siempre que para su desarrollo no se intente confundir al personal, dando como valores reales a chicas y señores duchos en manipulaciones de compadreo, que es precisamente por lo que perdieron la última batalla, los señores del gran poder... ¡Preparados, pues, para la segunda y más dramática parte!

Nota: Fallecido el pasado día 27 de junio a los 102 años de edad, Victoriano Crémer había adelantado, según su costumbre, una serie de artículos que el Diario de León, interpretando que cumple la voluntad del autor, publica bajo el epígrafe El legado y la referencia numérica de cada uno de ellos.

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