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León

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En blanco | javier tomé

En un predicamento pleno de lírica subversiva, nuestro dilecto Juan Vicente Herrera animaba no hace mucho a los cachorros de su partido, felices como lombrices ante semejante parábola, a seguir practicando la revolución que desmonte definitivamente el castillo de naipes tramado por los perversos socialistas para arruinar el país. No es que Juanvi se parezca precisamente a Robespierre, sino más bien al Kung Fu Panda, pero ya se sabe que en política se dan más codazos que en las rebajas. Y está bien que gente como Dios manda, saqué un poco la cresta en plan colega.

No andan los populares faltos de autoestima, y razón les sobra a la vista del plantel de féminas que ocupan puestos de privilegio en el organigrama del partido. Ahí tenemos a la últimamente recatada Esperanza Aguirre, conocida como la monja alférez por sus fervores ideológicos, o a la ahora en el ojo del huracán Rita Barberá, apodada entre los suyos doña Frasquita.

Una alcaldesa de rompe y rasga, que tiene fama de condimentar con la misma presteza un cocido que un estofado. Inmersa en una batalla que merece la pena librar, se le ha puesto la voz dulce en defensa de su amigo Camps, el bien trajeado. Ese hombre un tanto raruno que, a la hora de pagar su fondo de armario, se estira menos que el portero de la Cultural. Aunque admiro personalmente a doña Rita y lo que representa, no ha estado demasiado afortunada al incluir el contencioso de las anchoas en el asunto chaquetero. La política, dicen, es el depravado arte de no decir la verdad. Y de eso doña Frasquita, al igual que el formidable cuadro de actores que manejan nuestro país, sabe un rato largo. Al fin y al cabo, es una mujer que siempre tiene razón, incluso cuando no la tiene.

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