La Europa importante frente a la urgente
Tribuna | Fernando Losada
Especialista en política europea
Acuciado por cuestiones administrativas inherentes en España a la actividad académica, un ilustre profesor me repetía aquello de que «las cosas urgentes siempre quitan tiempo a las importantes».
Esta máxima es particularmente cierta en el caso del periodismo actual, en el que lo inmediato ocupa portadas y lo importante muchas veces pasa desapercibido porque sólo puede aprehenderse con cierta perspectiva que trascienda lo diario. Dado que ya hemos dejado atrás las urgencias respecto del proceso de integración europea, particularmente las elecciones a la Eurocámara y el Consejo Europeo de junio, y puesto que aún quedan lejos los acontecimientos que nuevamente llenarán páginas y darán titulares, como serán el nombramiento del presidente de la Comisión y el resultado del referéndum irlandés sobre el Tratado de Lisboa, tal vez sea éste el momento de abordar lo importante de la cuestión europea sin que elementos acuciantes distorsionen nuestra visión del asunto.
¿Y qué es lo verdaderamente importante de Europa? ¿Cuáles son los problemas de fondo a los que se enfrenta? En mi opinión, si nos permitimos dar unos pasos atrás para dejar de concentrarnos en cada pincelada en concreto y poder ver así el lienzo en conjunto, dos son las cuestiones a las que de un modo u otro pueden reducirse todos los conflictos de entidad en la Unión: el carácter experimental de su forma política (la cuestión constitucional) y la ausencia de una esfera pública de comunicación a escala europea (la cuestión de la legitimidad).
El primer problema trae causa en el dinamismo implícito en la estrategia empleada para la integración. Aunque las instituciones y procedimientos europeos son creados con un objetivo concreto, la constante ampliación de las capacidades y competencias del nivel supranacional desvirtúa esa función, o al menos exige una redefinición de la misma. El ejemplo paradigmático lo constituye el Parlamento Europeo, que ha pasado de foro de reunión de diputados nacionales a asamblea de los pueblos de Europa (y que aspira a ser en algún momento asamblea del pueblo europeo, en singular). De igual modo, a medida que el proyecto crecía han surgido un Comité de las Regiones, un Banco Central y una interminable cantidad de agencias, así como nuevos procedimientos de adopción de decisiones (la codecisión en su momento o los recientes comités de reglamentación con control).
Este modo de proceder tiene origen en el comienzo mismo del proceso de integración, cuando países muy homogéneos decidieron poner en común sectores productivos muy concretos. A los problemas que se les planteaban encontraron soluciones puntuales que, por definición, siempre representaban un avance en la integración. Sin embargo, la ampliación del número de miembros de seis a los 27 actuales y la imparable expansión de los ámbitos sometidos a integración, configuran un contexto tan heterogéneo que las soluciones puntuales a los problemas concretos ya no resultan beneficiosas de por sí para el proyecto en conjunto, sino que suponen nuevos remiendos a una tela confeccionada a base de retales. El proceso ha adquirido, por la naturaleza y magnitud de sus actividades, una dimensión constitucional que ya no puede ser ignorada, de ahí que sea necesario reordenar la integración convirtiendo esa tela en un lustroso traje nuevo que establezca la forma política de la Unión. Ése era el cometido de la Convención Europea al redactar el proyecto de Constitución y sigue siendo la tarea pendiente en Europa aun si el Tratado de Lisboa (un nuevo remiendo, aunque más elaborado) llega a entrar en vigor.
El otro problema es la carencia de una esfera pública europea.
Toda comunidad política precisa de un espacio en el que se sustancien los debates sobre los asuntos que le conciernen, en el que los ciudadanos confronten sus visiones sobre el proyecto común y del que, en último término, brote la legitimidad del sistema político. Pero en la Unión Europea esa esfera aún no existe, en parte debido a la barrera lingüística, en parte porque los líderes actuales no están dispuestos a debatir los asuntos europeos en la arena pública ni a someterlos a la opinión de la ciudadanía. Las pasadas elecciones evidenciaron que la confrontación de ideas, cuando se produce, se circunscribe a la esfera nacional y que el único eje en torno al que de momento se puede articular un discurso a escala europea (y en términos muy reducidos, casi binarios) es el de apoyo o rechazo de la integración.
Hasta aquí lo importante, porque en la Europa urgente comienza la séptima legislatura del Parlamento Europeo. Los eurodiputados ya han elegido a su nuevo presidente, el polaco Jerzy Buzek, pero la falta de politización de la Unión permite que, en lugar de competir abiertamente por él, los partidos mayoritarios se repartan el cargo dos años y medio cada uno. Y así Europa parece avanzar sin que nadie se percate de que cada vez resulta más urgente abordar las cuestiones relativas a la Europa importante.