Amén
El aullido
Aunque el verano iba bien de calor León se nos ha puesto esta semana tan gris como una naranja-¦ Y, ea, cuando el mundo está gris resultan más apetecibles las novelas de aventuras. Por cierto, ¿qué es Últimas tardes con Teresa sino literatura de aventuras?
Se trata ésa de una historia de barrio, como casi todas las de Juan Marsé, en la que un personaje inteligente, oscuro y de clase social baja -el Pijoaparte- vive, en medio de un tiempo asfixiante, enrarecido, una sucesión de avatares que le acercan y alejan de una estudiante universitaria perteneciente a una familia burguesa de la Barcelona de los años 50. Como en El Quijote esta novela parte de la coincidencia de dos personajes pertenecientes a dos mundos distintos. Como en El Quijote a pesar de la dureza argumental subyace al fondo de todo lo narrado un punto de ternura. Pero lo principal es el lúcido realismo crítico. Vean: «¿Qué otra cosa puede esperarse de los universitarios españoles, si hasta quienes dicen servir a la verdadera causa cultural y democrática de este país son personas que arrastran su adolescencia mítica hasta los cuarenta años? Con el tiempo unos quedarán como farsantes y otros como víctimas, la mayoría como imbéciles o como niños, alguno como sensato-¦».
Leer a Marsé es comprender la Barcelona obrera de posguerra como resumen urbano de este país nuestro, es comprender a sus personajes, y comprenderlos es quererlos un poco: por eso hay que leer a Marsé para entender a toda esa generación; a ese país que tiene mucho de éste.
¿Gris? En efecto si algo tuvo el franquismo fue grisura. Por eso los adolescentes de posguerra como Juan Marsé se dedicaron a intensificar su vida inventando aventuras y desventuras para tratar de hacer interesante un bario barcelonés obrero, oscuro y humillado que en realidad era una metáfora. Así se entiende otra de las novelas mayores de Juan Marsé, Rabos de Lagartija , en la que el mundo es triste y a duras penas sobrellevable pero por el cual deambulan el avispado e hiperimaginativo muchacho David y su perro Chispa. David trata de buscarle sentido a lo grotesco mediante la imaginación, y por eso fabula para sobrevivir descubriendo así, sin pretenderlo, lo fino que es el hilo que une y separa la realidad de la ficción y la mentira de la verdad: «Al levantar David la cabeza, advierte que el inspector sigue sentado en el banco y que su mano hurga en el bolsillo trasero del pantalón la petaca de licor; con dedos ágiles, sorprendentemente rápidos, el pelo desenrosca el tapón y acerca el golete a los labios, pero de pronto se inmoviliza y suspende el trago. David aparta la vista, y casi en el acto, han pasado sólo unos segundos, al volverse para mirar otra vez, el banco donde se sentaba el inspector está vacío y a su lado se agitan los batientes de la puerta del quirófano, se agitan a destiempo el uno del otro, perdiendo fuerza y sin encontrarse».
He ahí, como recomendación veraniega, mis dos novelas favoritas de este tipo campechano que remite a la mejor España, la de abajo. Su estilo es directo, inteligente y poco enjoyado a propósito, pero el dinamismo de sus historias parece responder siempre a la espontaneidad centelleante de esa frase con la que arranca su novela La muchacha de las bragas de oro : «Hay cosas que uno debe apresurarse a contar antes de que nadie se las pregunte»... Amén.