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Anatolio Calle Juárez. NAVATEJERA
León

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La aniquilación del hombre y su dignidad hizo que los primeros pasos tras la II Guerra Mundial se encaminaran a construir un orden de relaciones pacíficas de convivencia basadas en la proclamación de la noción jurídica de la dignidad intrínseca de la persona y el deber de los estados soberanos de respetar los derechos humanos. En plena consonancia con este espíritu el Concilio Vaticano II abordó, entre otras, la concreta cuestión del derecho a la libertad religiosa. Y promulgó al respecto, tal y como reza la declaración Dignitatis Humae, el derecho de toda persona a su libre desenvolvimiento de acuerdo con su capacidad racional y libre de conocer la verdad, sin que ninguna autoridad humana, especialmente el poder político, se arrogue, positiva o negativamente, el derecho a penetrar los muros reservados de la conciencia. La consecuencia que plantea el Concilio Vaticano II: ni la verdad ni el error tienen derechos, porque sólo el ser humano es sujeto de derechos.

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