Los pueblos más feos de Europa
A esgaya | emilio gancedo
He aquí varias ideas -”de descarga gratuita-” dirigidas a nuestras instituciones (Di-putación, Untamientos, Yuntas Vecinales) en estos calurosos días de galbana, para feliz aprovechamiento y solaz de la población: ¿Qué tal la creación de un Parque Temático del Bloque de Granito? ¿Qué les parece la puesta en marcha de una Ruta de la Uralita, que enlace aquellos pueblos que con más donaire y gallardía hayan techado sus casas con las refulgentes ondas del fibrocemento? ¿Cómo verían ustedes la organización de un Concurso Provincial de Chalets Alpinos? ¿O de Casas Prefabricadas, Chamizos y Garajes?
Pues, de seguir así, poco más podremos hacer en nuestras comarcas.
A priori, teníamos hasta hace poco algunas de las maravillas de la arquitectura popular más sorprendentes de Europa, que posibilitaban un recorrido vivo por construcciones de un arcaísmo extraordinario, un «museo al aire libre» como no lo hay en toda Europa Occidental.
Un buen montón de razones históricas, económicas y sociales explican la destrucción sistemática de la mayor parte de nuestro patrimonio arquitectónico popular, por lo menos hasta los ochenta y noventa, cuando empieza a extenderse la conciencia de que el exterminio del perfil tradicional de nuestros pueblos no hace sino empobrecernos cultural y económicamente. Por eso lo que no se comprende es que, a día de hoy, se sigan cometiendo tropelías -”al margen de la ley-” en este sentido. Por ejemplo, que la Diputación no penalice (o paralice) las obras que incumplan la normativa o que los Ayuntamientos no exijan unos planes urbanísticos serios y adecuados. Amistades, parches y conchabeos han acabado, por ejemplo, con estampas tan guapas como Nogar ( Ñugare ) en la Cabrera, antes piedra y madera; ahora todo bloques y plásticos. A este paso, nos habremos ganado a pulso el título de la tierra con los pueblos más feos e impersonales de Europa.