Majestad republicana
Al trasluz | eduardo aguirre
Ha muerto -”en México-” Consuelo Cano Gordón, nieta de don Félix Gordón Ordás, maestro de veterinarios y uno de los presidentes de la República española en el exilio. Era un ejemplo de majestad, como lo es su madre, Brunilda Gordón Carmona, quien todavía vive. Luchó hasta el final y, por ello, no ha sido derrotada. Cuando llegó a León para aventar las cenizas de su abuelo, y después para enterrar parte de ellas en el Panteón de Hombres Ilustres, dejó un rastro imborrable, sin necesidad de efectismos políticos, aunque hubiesen sido legítimos. Se limitó a ser y a estar. Me gusta creer que existe una jerarquía del espíritu, aunque nadie pueda decir de sí mismo cuáles son sus propios galones, si es que los tiene, pues han de ser los demás quienes los fijen. Consuelo figuraba en lo más alto de dicho escalafón. Cuando un familiar comentó durante una comida la gran inseguridad ciudadana en México, ella la amonestó con un gesto amable, por entender que no debían ser los embajadores de los defectos de esa generosa tierra de acogida, sino los mensajeros de sus virtudes. Era una mujer íntegra, inteligente, con las facciones de la bondad. Los Gordón vivían fuera de España cuando estalló la guerra civil, pero tuvieron un importante cometido en el proceso de acogida de los exiliados. Majestad, sí, en los reveses y los éxitos. Majestad ante el dolor, como ante la alegría. Un saber estar que iba mucho más allá de los modales externos; en definitiva, elegancia desde los valores. La noticia me la ha comunicado su marido, Rafael. Gente extraordinaria, todos ellos. Quijotes leoneses, que no comercializaron con sus apellidos. Majestad republicana. Había nacido en el exilio familiar, en 1939. Forma ya parte del León de sus raíces. Conocerte y quererte fue un honor.