Diario de León
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Crónica semanal manuel campo vidal

Los pavorosos incendios forestales se apagan, las lluvias torrenciales amainan y el intercambio de misiles PP-Gobierno se atenúa, toda vez que arrancaron con un esquema erróneo de comunicación política. Disparó Cospedal desde Marbella, respondió Zapatero desde Lanzarote, se reafirmó Rajoy desde las costas gallegas y acudieron al rescate González Pons y Arenas. Pero cerró el ciclo Pérez Rubalcaba desde Madrid con su autoridad de ministro del Interior y su capacidad dialéctica inigualable para aprovechar errores ajenos. Nadie como Rubalcaba, después de Alfonso Guerra, para ridiculizar al contrario, manual en mano. Primero: negar la mayor, a saber, «la Justicia y la policía no están conspirando contra el Partido Popular a las órdenes del Gobierno y la prueba es que no hay denuncia alguna en el Juzgado». Segundo: el chiste, o sea, «eso lo dijo sin pruebas Cospedal desde una playa y lo apoyó Rajoy desde un chiringuito». Se puede discutir la técnica del contrataque pero acusaciones de ese calado merecen alguna prueba y una puesta escena solemne, no veraniega.

Eso es lo que nos ha deparado la primera mitad de Agosto, además de la noticia de que en Europa comienza la recuperación económica, Tichet dixit, aunque en España aún no se alcance la orilla. Pero algo mejor iremos, si el entorno progresa. La única asignatura que no se ha tomado vacaciones es la de las fusiones de cajas de ahorro. En plena canícula estival, Unicaja y CajaJaén han aprobado su fusión. Y Cajasur está llegando. Las catalanas Sabadell, Terrassa y Manlleu navegan hacia el mismo puerto que alcanzarán antes de Navidad. Caja Madrid ya ha hecho saber, por boca del portavoz económico de Esperanza Aguirre, Beteta, que el proyecto de absorber Caixa Galicia era cosa inventada por quien no quiere marcharse a casa y se agarraba al inicio de un proceso de fusión. Y así sucesivamente.

Pero el Banco de España sigue insistiendo: de cuarenta y cuatro cajas hay que ir a la mitad, o incluso a la mitad de la mitad. Un cataclismo anunciado de dificil comprensión porque, si el sistema financiero español era tan elogiado internacionalmente hace un año por su solidez y su rigor, no se sabe a qué vienen estas prisas y estos dramas, más allá de que si alguien gestiona mal, como en Castilla-LaMancha, pues a intervenir tocan.

En esa refriega y esas tensiones previas a las fusiones, surge la tentación: mejor una gran caja autonómica que fusiones interregionales. Sobre el papel, el asunto suena bien, especialmente para los despistados, pero cuando se ponen números, el asunto estremece. Ya lo adelantó Mariano Rajoy en La Voz de Galicia con sensatez: una eventual fusión Caixa Galicia- Caixa Nova sería dolorosa porque sus redes están superpuestas y la pérdida de empleos sería alta y costosa. Mal negocio. Algo así, se empeñó en impulsar Manuel Chaves en sus últimos tiempos como presidente andaluz: la obsesión de una gran caja andaluza que pasaba por la fusión de las dos grandes, Unicaja y Cajasol.

Pero hubo en Andalucía dos golpes de suerte inesperados: el primero, Chaves ya se fue a Madrid y se llevó su proyecto de megacaja andaluza que a saber lo que costaba en sangre de empleos. Y dos: su sucesor, Griñán, parece más atinad o al considerar que el disponer de dos cajas de importancia en la comunidad puede servir para hacer política; en definitiva, es mejor para la comunidad. A eso se le llama la «teoría de las dos torres», como en una partida de ajedrez de cajas: en vez de tratar de construir una reina, jugar con dos torres. Una «torre», Unicaja, juega de momento en el espacio interior andaluz. Absorbe la clerical Cajasur, que debía andar mejor de indulgencias que de resultados contables, y Caja Jaén, que según el ex presidente de El Monte, Isidoro Beneroso, «más que una caja es una gestoría». La otra torre , Cajasol, parece llamada a protagonizar fusiones interregionales. Algo así podría pasar en Galicia, con dos cajas solventes capaces de jugar la partida a la que están convocadas, en vez de sacrificarlas en el altar de una fusión. Estamos, como se ve, ante un gran acierto o un gran error.

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